Recordar Registrar
Lunes, 1 de Septiembre de 2014 - 08:32 h
Publicidad

Facebook Twitter

Cultura

CULTURA

El reino de este mundo

JACOBO VALCÁRCEL

Las Palmas de Gran Canaria29/06/2011

En 1788, en los momentos finales del Antiguo Régimen y en vísperas de la revolución, la colonia de “Saint Domingue”, la pequeña parte francesa de la isla Española, un territorio del tamaño de Bélgica, se había convertido en un “Eldorado” de leyenda.

Etiquetas relacionadas

Google Map de la zona

Infinitamente pequeña, en comparación con los imperios ibéricos de América o inglés de la India, desprovista de oro, plata y diamantes, era un emporio agrícola-comercial que movía al año casi 500 millones de libras, mientras que todo el resto de importaciones y exportaciones de Francia, con sus colonias y Oriente, solo llegaban a 63 millones. En el Nuevo Mundo ninguna posesión extranjera, ni Méjico, ni Perú ni Brasil, podía compararse con ella.

El futuro Haití se erige en el primer suministrador mundial de azúcar y café-- el equivalente a lo que fueron las Molucas y el comercio de las especias en el siglo XVI-- y sus productos se venden en todo el mundo y financian el excedente de la balanza comercial de Francia.

Pero, como dice Pierre Pluchon en su biografía sobre "Toussaint Louverture. Un révolutionnaire noir d’Ancien Régime. (Fayard 1989)”, esta potencia económica oculta la realidad de una sociedad racista y esclavista llena de tensiones, basada en un sistema de explotación industrial brutal que sólo busca la máxima rentabilidad y llevaba en sí misma el germen de su propia destrucción.

En el vértice de la pirámide social reinan 30.000 blancos; en la base más de 500.000 esclavos negros que procedían de la zona del Golfo de Guinea y de los interiores del continente africano. Entre los dos se intercalan unos 50.000 mulatos con derechos limitados. CLR James en su famosa obra de "Los Jacobinos negros" cita la frase de Mirabeau de que "los colonos estaban durmiendo en las faldas del Vesubio.”

Este es el fondo sobre el que Carpentier escribe su libro "El reino de este mundo"--novela, relato, historia, mito-- sobre la revolución haitiana (1791-1804), sus precedentes---las revueltas del esclavo negro Mackandal en 1757, y del jamaicano Bouckman en 1791-- y su final---tras la independencia de la colonia francesa de “Saint-Domingue” con la autoproclamación como rey en 1811 de Henri Cristophe de la mitad septentrional del nuevo país llamado desde entonces Haití--.

Alejo Carpentier que había visitado la isla a finales de 1943, descubrió allí el fenómeno de lo “real maravilloso”, que, según él, solo podía venir de América y que en el prólogo de su libro expresa así: “Pisaba yo una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución. Conocía ya la historia prodigiosa de Bouckman, el iniciado jamaiquino. Había estado en La Ciudadela La Ferrière, obra sin antecedentes arquitectónicos, únicamente anunciada por las Prisiones Imaginarias del Piranesi. Había respirado la atmósfera creada por Henri Cristophe, monarca de increíbles empeños, mucho más sorprendente que todos los reyes crueles inventados por los surrealistas, muy afectos a tiranías imaginarias, aunque no padecidas. A cada paso hallaba lo real maravilloso.” […] “Pero en América, donde no se ha escrito nada semejante, existió un Mackandal dotado de los mismos poderes por la fe de sus contemporáneos, y que alentó con esa magia, una de las sublevaciones más dramáticas y extrañas de la historia. De Mackandal el americano, en cambio, ha quedado toda una mitología, acompañada de himnos mágicos, conservados por todo un pueblo que aún se cantan en las ceremonias del Vaudou”. […] “Y es que, por la virginidad del paisaje, por la formación, por la ontología, por la presencia fáustica del indio y del negro, por la Revolución que constituyó su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició, América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías.”

En realidad--como señala Anke Birkenmaier en su artículo en el libro sobre el centenario de Carpentier—, el origen de lo “real maravilloso”—antecedente del realismo mágico de García Márquez –no está en América sino en África y el hilo conductor de los distintos episodios de “El Reino de este mundo” son los cantos vodú con su liturgia de cantos y sacrificios; la comunicación entre la divinidad y los hombres, individual y colectiva a la vez, que resumen la sociedad en cuanto tal, incluyendo a los adeptos en ritos iniciáticos y excluyendo a los forasteros que no han pasado por ellos y que no conocen las mismas leyendas y tradiciones.

Dice Birkenmaier en su pequeña introducción a su estudio que “el cubano y los surrealistas tenían un vivo interés en el vodú porque este combinaba la religión con la acción política […] El elemento decisivo de estos cantos, que incide en la concepción de la novela, es el ritmo” y es que en la “historia novelada” de Carpentier el vodú --que tiene su base en las creencias animistas de los distintos pueblos, aldeas africanas de donde procedían los esclavizados y que de la fusión con la religión de los colonos surge el sincretismo de la misma—siempre va acompañado de la insurrecciones de los esclavos negros con el posterior fracaso de las mismas en un principio.

Más tarde, Birkenmaier nos señala que el escritor estaba interesado en esa “catarsis” colectiva que tenía lugar: “Pretendo mostrar en lo que sigue, que por lo menos en el caso de Carpentier existían razones más etnográficas que exotizantes para hacer el viaje de 1943 y elegir Haití como el escenario del Reino de este mundo” […] y en lo que se refiere a “Los cantos insertados en el Reino de este mundo son ambiguos pretenden demostrarle autenticidad a un texto literario que se las quita a ellos a la vez, porque las citas no son exactamente textuales. El ejemplo más claro de esta tendencia carpenteriana a usar documentos originales para elevarlos en seguida a un nivel más general son los versos de los cantos vodús citados en la novela. En el mismo episodio del Pacto de Sangre, una sacerdotisa empieza a cantar: Fai Ogún, Fai Ogún, Fai Ogún, oh! Damballah m´ap tiré canon,/ Fai Ogún, Fai Ogún, Fai Ogún, oh! Damballah m´ap tire canon! Estos versos aparecen literalmente en el libro de Harold Courlander, compilados durante su visita en Haití donde había hecho múltiples entrevistas. Ogún Fai es descrito allí como el santo más bélico y vital de todos los ogouns haitianos. El contenido es agresivo y alegre, el Dios está jugando con un cañón, y amenaza a Damballah con que va a disparar […] Carpentier se deja guiar más bien por el espíritu bélico de la canción y por su sencillez y su gracia. Lo que importa aquí no es tanto la exactitud de la representación, sino el enfatizar siempre el movimiento colectivo, haciendo de la sacerdotisa del radá una mera representante de todo el grupo […] Le interesa a Carpentier, más allá de destacar la importancia del vodú en la rebelión de Bouckman, la cohesión colectiva que desarrolla su propia dinámica que envuelve a todos en una especie de histeria o de posesión colectiva que los hace jurar fidelidad al jamaicano.

Roulé, roulé, Congoa roulé!/Roulé, roulé, Congoa roulé!/ A fort ti fille ya dansé congo ya-ya-ró! Aquí como en la canción a Fai Ogún, no hay un significado religioso o ritual preciso, por lo visto se trata de bailes populares, y para eso los usa Carpentier, para evocar, incluso a través de la barrera de la lengua el sentido de alegría y fiesta […]

[…] La segunda canción, sin embargo, tiene además un sentido de nostalgia y de dolor, propio de todas las canciones del exilio. Es un baile llamado yanvalú cuya letra de la queja de una muchacha por su trabajo: Yenvalo moin Papa! Moin pas mangé q´m bambó/ Yanvalou, Papá, yanvalou moin! Ou vlai moin lavé chaudier, Yenvalo moin?

La celebración de Mackandal es amarga: “Al cabo de una espera de cuatro años, el canto se hacía cuadro de infinitas miserias.” Luego se traduce parte de la letra, para subrayar que se trata del “desgarrado gemir de los pueblos llevados al exilio para construir mausoleos, torres o interminables murallas” Es decir más allá de material folklórico en el relato, Carpentier el canto al nivel bíblico de un pueblo exiliado contra de su voluntad.”

Como conclusión se puede sacar que un hombre de la vastísima cultura de Carpentier no estaba solo interesado en la excepcional historia, singular de un pueblo como el haitiano que le produjo fascinación en todos sus acontecimientos “reales maravillosos”; sino también como musicólogo profundamente interesado por todo lo que conllevaba un rito, un conjunto de creencias cuyos orígenes están en África.

 

 

 


Comentarios - 2

2Jacobo Valcárcel30/06/2011 21:13h.
Gracias Juan, a mi me gustan mucho tus artículos por el conocimiento, la profundidad, el saber que tienen. Gracias.
1Juan Montero30/06/2011 10:15h.
Hace tiempo que me preguntaba Jacobo dónde te habías metido. Celebro volver a leer uno de tus grandes y personalísimos artículos. Saludos.

Comentar

Por favor, use un lenguaje apropiado. Todos los comentarios son revisados antes de su publicación, por lo que no aparecen inmediatamente. Su dirección de correo no será publicada.

cars. actuales



(si es un usuario registrado, al identificarse en la página no necesitará volver a incluir estos datos en sus comentarios, y aparecerá su avatar al lado de los mismos)

  • Ésta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de Guinguinbali.com
  • No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas.
  • Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
  • El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

El reino de este mundo, de Alejo Carpentier.

EL REINO DE ESTE MUNDO, DE ALEJO CARPENTIER.Fotografía: GGB


Quiénes somos | Publicidad

© GuinGuinBali 2010