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Política

POLÍTICA

Las tensas relaciones entre Kenia y Somalia

PABLO ARCONADA (@ROTBART90)

Valladolid27/03/2015

Hace unos días, conocimos el proyecto que Kenia pretende impulsar en su frontera con Somalia con el fin de poner freno a la amenaza terrorista de Al-Shabab y a la imparable inmigración que lleva décadas cruzando la frontera. La decisión unilateral de construir un muro de más de 700 kilómetros es el colofón a una larga y tensa relación entre estos dos países vecinos.

Las relaciones entre Kenia y Somalia nunca han sido muy buenas. De hecho, su enemistad comenzó a fraguarse ya en la época colonial, debido a los intereses de los europeos en la zona: Kenia había sido ocupada por los ingleses, mientras que Somalia (a excepción de Somalilandia) se había convertido en una posesión italiana. Los enfrentamientos en suelo europeo a lo largo del S. XX se traspasaron, irremediablemente, al continente africano, de forma que ambos países cayeron en bloques enfrentados.

Sin embargo, con la independencia, las relaciones no mejoraron, debido a diferentes discrepancias fronterizas. Desde 1960, Somalia se embarcó en un sueño un tanto complicado: reunir a todos los pueblos somalíes bajo una misma bandera. Esto chocaba con los intereses de otros países vecinos como Yibuti, Etiopía y, sobre todo, Kenia. Desde ese año, los diferentes gobiernos de Mogadiscio exigieron que la Provincia Nororiental (una vasta región al este de Kenia) pasara a formar parte de la República de Somalia. Sin embargo, Nairobi se negó a cualquier negociación o partición de su territorio, alegando el respeto a las fronteras coloniales. Aunque ambos países no llegaron a enfrentarse directamente (como sí ocurrió en el caso etíope), las relaciones a ambos lados de la frontera empezaron a naufragar.

Desde luego, la llegada al poder del dictador Siad Barre, entre 1969 y 1991, no mejoró la situación. Barre siguió reclamando la Provincia Nororiental como un territorio somalí y prosiguió la disputa fronteriza con Kenia. Para entonces, el presidente y padre fundador de la Kenia libre, Jomo Kenyatta, tuvo que sofocar, en varias ocasiones, diferentes revueltas y levantamientos somalíes en el noreste del país que exigían pasar a formar parte del proyecto pansomalista de Mogadiscio. Sin embargo, nada de eso tuvo lugar y la Provincia Nororiental siguió formando parte del Estado de Kenia.

Si hasta entonces las relaciones entre Kenia y Somalia habían sido tensas, a partir de 1991, con la caída del gobierno de Siad Barre y la rápida desintegración del Estado somalí en diferentes unidades políticas, esas relaciones van a desaparecer. El problema de Kenia no será ya un gobierno enemigo que reclama un pedazo de tierra, sino la inseguridad llamando a su puerta. Desde 1991, toda la frontera oriental va a convertirse en un quebradero de cabeza para Nairobi: junto a los enormes movimientos migratorios y de refugiados que salieron de Somalia para salvar la vida, se estableció un contrabando imposible de controlar.

Los problemas de Kenia al otro lado de la frontera siguieron empeorando, sobre todo, a raíz del surgimiento del grupo terrorista Al-Shabab, en 2007, cuyo principal objetivo es imponer un Estado islámico en el Cuerno de África. A partir de ese momento, no solo la frontera y la Provincia Nororiental estaban en peligro, sino toda Kenia, como se pudo comprobar en el atentado del centro comercial Westgate de Nairobi, en 2013, en el que perecieron 72 personas.

Todo ello ha convencido al gobierno de Nairobi de los beneficios que puede aportar un muro de 700 kilómetros que separe de forma definitiva los dos territorios. Supuestamente, este proyecto pondrá fin a la inmigración y al contrabando fronterizo, y frenará a la milicia yihadista de Al-Shabab. Para Nairobi, el muro representa el fin de la inseguridad y de las agresiones. Pero, lo que nadie le ha dicho al gobierno de Kenia es que ya se han llevado a cabo antes proyectos similares y todos han acabado igual. Un muro no va a detener a la gente que huye de su país para salvar la vida o para buscar un lugar donde poder vivir mejor. No va a hacer que un grupo terrorista desaparezca de la noche a la mañana. Y, desde luego, un muro no va a terminar con más de 50 años de tensas relaciones vecinales.

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