Tras pasar una noche en Bonoua, hay que seguir la ruta. Esta vez por un río. De noche, en una precaria canoa. Los propietarios de estas embarcaciones se frotan las manos. Los pasajeros que quieren cruzar hasta Ghana son numerosos. Personas y equipajes se disputan el espacio en la barca, el ruido ensordecedor del motor nos preocupa menos que la posibilidad de que vuelque inesperadamente. Cinco horas en el agua y parando en todos los pueblos que hacen frontera fluvial con Ghana. La luna no brilla lo suficiente el camino que sigue el “capitán” así que el “navío” avanza en la oscuridad, sólo alumbrando con una minúscula linterna de bolsillo.
Llueve en la noche oscura. Sólo quedamos una decena de pasajeros a bordo cuando, sobre el mar, una canoa se dirige directamente hacia nosotros haciendo juegos de luces sobre nosotros. “¿Escapé a las Fuerzas Republicanas de Ouattara para ser víctima de los piratas? Pero si ni siquiera sé nadar…”, me repetía a mí mismo.
Pero era más el miedo que el daño. Eran transportistas ghaneses que hacen un intercambio de pasajeros. Cuatro de nosotros montamos en la nueva barca dirección Djo Warf (primer pueblo fronterizo de Ghana). Un oficial de Marina marfileño que forma parte de nuestro convoy decide protegerme en el puesto de aduanas. “Son mis colegas ghaneses”, me dice, “les diré que eres un pariente mío y que vamos a Alfassinie (pueblo ghanés) a comprar medicinas para el cuidado de un recién nacido que está en Aframbo (último pueblo marfileño)”. Me encanta la coartada.
Costa de Marfil sufre desde hace meses un embargo sobre las medicinas y muchos marfileños que no tienen nada que ver con el contencioso postelectoral mueren en silencio debido a la falta de medicamentos en los hospitales y centros de salud. En medio del silencio y la indiferencia cómplice de muchos, porque Francia y la UE así lo han decidido para dañar a un solo individuo, Laurent Gbagbo. Ahora bien, la parte más difícil me parece poder explicar nuestra historia en el puesto de control, sobre todo en inglés, que no es mi lengua materna.
El primer pueblo de Ghana (Djo Warf) surge al fin como una liberación allá a lo lejos. Y me viene el recuerdo a la cabeza de cuando en 1994 rechacé un exilio dorado en Estados Unidos y ahora, aquí me encuentro, 17 años después, camino del paraíso o del infierno. Depende. En cualquier caso, siento el alivio de estar vivo. ¿No es esto lo más importante?
Mi historia es la de decenas de personas anónimas que se han visto atrapadas en el fuego cruzado. Entre el martillo y el yunque. Por un lado, esos desgraciados a sueldo de Ouattara que tienen la misión de “pacificar” las zonas gubernamentales conquistadas. Por el otro, la falta de humanidad de la resistencia, que se opone con la fuerza de las armas a los milicianos, mercenarios y prisioneros liberados. El resultado es la guerra, que reine por todas partes la ley del pistolero.
Entre estos dos mundos, el ciudadano normal no tiene sino un deseo: escapar de la caldera para tener un poco de calma, un poco de paz. Nadie quiere ser un héroe muerto, todos sueñan con alejarse de los diarios y humillantes controles que llevan a cabo personas claramente ajenas a las costumbres marfileñas y que van buscando un perfil racial.
Así actúan los señores de la guerra que han despedazado el país poniendo al frente de cada ciudad a matones que, para desgracia de la República, gestionan la comunidad como si se ocuparan de sus asuntos mafiosos. Y en Abidjan, Zacharia Koné es el encargado de administrar Yopougon; Shérif Ousmane, Dokui, Angré; Ibrahim Coulibaly (IB) tiene como territorio Treichville, Port Bouet, Abobo, Adjamé. Wattao se ocuparía de Marcory y Koumassi; etc.
¿Cómo va a impartir justicia el estafador sin educación que ha sido instalado en la comisaría del barrio? ¿Se va a reproducir en Abidjan, ciudad mucho más grande y poblada, la tierra sin ley de Bouaké, feudo de la rebelión? ¿Cuánto tiempo se puede cohabitar con agentes de las Fuerzas Republicanas que no cobran por la función pública y que se ven obligados a obtener su sueldo “sobre el terreno”?. ¡Todos a pagar!
Chantajes, robos, pillaje, vandalismo. Delincuencia de todo tipo. Pero esto no es nada al lado de las balas que silban sobre tu cabeza. O de los cadáveres que se amontonan en las calles y callejones y que hay que saltar para seguir adelante. O al lado de las enfermedades que acechan. Porque todos estamos a merced de las moscas que se dan un festín sobre los cuerpos inertes de los supuestos enemigos de la causa. Bienvenidas la epidemia de cólera, la fiebre tifoidea…
Estamos ante una Costa de Marfil que se parece a Congo y a Ruanda. Cualquiera que tenga un apellido del Oeste montañoso, del centro-oeste, del país Attié o Abbey es como llevar encima una sentencia de muerte. Peor aún si eres estudiante o periodista. Hay que dar a los señores del lugar muestras de cooperación. Y sobre todo no estar en la lista negra de los periodistas y medios de comunicación calificados “pro Gbagbo”.
El miedo a ser asesinado hace que muchos dejemos todo atrás: casa, ropa, coche y otros bienes. Con la oficina destruida y saqueada por los matones del presidente reconocido por la comunidad internacional, ¿debía esperarles pacientemente en mi casa? Sobre todo después de que comenzaran a visitar los domicilios de los responsables de los medios que habían señalado.
Y todo esto ocurre en un momento en que la prensa nacional está sin voz, lo que parece dar la impresión de que no pasa nada grave con la violación masiva de los Derechos Humanos en Costa de Marfil. En este ambiente de muerte, con las familias rotas, las escuelas cerradas, los bancos sin poder abrir aún, se impone el sálvese quien pueda para quien quiera huir de este infierno.


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