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Opinión

OPINIÓN

De esclavitud y colonialismo *

JUAN MONTERO

Coordinador del Área de África Centro Unesco Gran Canaria05/09/2011

En su libro “La violación del imaginario”, la escritora maliense Aminata Traoré nos recuerda como la esclavitud y más específicamente la trata han jugado un papel decisivo en la acumulación primitiva de capital necesario para la construcción de las economías europea y americana y como, dentro del marco de este comercio regular, Europa y América construyeron el sistema económico que todavía hoy oprime al continente africano.

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De hecho la colonización fue para ella “una respuesta a la falta de ganancia que la abolición de la esclavitud había generado”. Así, el gran poeta negro Aimé Césaire, refiriéndose a su raza, decía: “… No hay un solo pedazo de este mundo que no lleve mi huella digital…”, y Frantz Fanon, insistía: “…La reparación moral de la independencia nacional no nos ciega, no nos alimenta. La riqueza de los países imperialistas es también nuestra riqueza… Europa es literalmente la creación del tercer mundo. Las riquezas que la asfixian son las que han sido robadas a los pueblos subdesarrollados… Por eso, cuando escuchamos a un jefe de Estado europeo declarar, la mano sobre el corazón, que hay que acudir en ayuda de los pobres pueblos subdesarrollados, no temblamos de reconocimiento. Bien al contrario decimos: “Es una justa reparación lo que se nos ofrece”. No aceptaremos que la ayuda sea un programa de las hermanitas de la caridad. Esta ayuda debe ser la consagración de una doble toma de conciencia, por parte de los colonizados que ésta les es debida y por parte de las potencias capitalistas que efectivamente deben pagar…”.

La sangría provocada por la esclavitud en sus diferentes períodos fue impresionante, se calcula que a través de las diferentes salidas del continente los negros fueron expulsados de su territorio: nueve millones a través del Sahara, cuatro por el mar Rojo, otros cuatro por el océano Índico y a través del Atlántico entre once y veinte millones. Así, Aminata Traoré, en el libro ya mencionado ”La violación del imaginario” nos dice: “… desde 1454, fecha en la que el papa Nicolás V autoriza al rey de Portugal la práctica de la esclavitud, hasta 1880, fecha de su abolición en Cuba, millones de hombres, mujeres y niños fueron capturados y deportados, millones más masacrados por la simple razón de ser negros, y ya en la otra orilla, en América, fueron separados, torturados, humillados y sobreexplotados…”.

Todo empezó, tal y como sigue contándonos Aminata Traoré, un día del siglo XVI en el que los blancos, instalados en una falsa superioridad que ha marcado la relación entre ambas razas a lo largo de los últimos cinco siglos, se hacían la pregunta de si los negros tenían en realidad un alma. Como apuntaba el fallecido historiador negro Joseph Ki-Zerbo, se trataba de una polémica absurda, desprovista de sentido ya que, si no la tenían, la trata era legítima, pero incluso teniéndola continuaba siendo igualmente legítima pues, la inclusión de esas almas descarriadas en la Iglesia para su salvación, era en sí misma una misión loable. Es decir: sí a la trata, pero a condición de convertir a los esclavos; el bautismo se convirtió así en el pasaporte de los negros hacia los barcos negreros, incluía a los negros en la comunidad cristiana pero bajo el estatuto de esclavos, es decir de subespecie. Como hemos señalado en un artículo anterior dedicado al libro “Naciones negras y cultura” del sabio senegalés Cheikh Anta Diop, éste decía: “… Colmo de cinismo, se presentará la colonización como un deber de humanismo, invocando la misión civilizadora de Occidente cuya dura tarea consistiría en elevar al africano al nivel del resto de los hombres. A partir de ese momento el capitalismo se encuentra a sus anchas y podrá ejercer la explotación más despiadada al abrigo de pretextos morales…”.

Cierto es que cuando se plantea al mundo blanco su responsabilidad en la monstruosidad que supuso la esclavitud, cuando se debate sobre la reparación debida al continente negro, el blanco trata de eludir esa responsabilidad aduciendo que la esclavitud existía mucho antes, practicada contra los negros por los árabes y que por lo tanto estaríamos hablando de una responsabilidad compartida. Como nos recuerda Aminata Traoré, por odioso y despreciable que haya sido el comercio de esclavos practicado por los árabes, no consistió nunca en la deportación masiva realizada por los occidentales, ni mucho menos en la desviación de las economías africanas cuyas secuelas condicionan todavía hoy, negativamente, al África contemporánea e insiste: “…Lo peor no ha sido el robo de nuestros recursos. Si Occidente se hubiese conformado con robar nuestros bienes materiales, la reconquista y el retorno de África a ella misma, su rehabilitación y su reposicionamiento sobre el tablero político y económico mundial no habría significado un desafío de tal envergadura. Lo peor ha sido la violación sistemática de nuestro imaginario…”.

La punción demográfica que supuso el vaciado sistemático y masivo del continente derivado de la esclavitud, se encuentra pues en el origen de la marginalización del continente africano con relación al resto del mundo, así como de su supuesto retraso. Pero la labor más dañina emprendida por Occidente desde entonces hasta hoy, ha sido la rebaja permanente del Negro ante sí mismo, la anulación de su cultura, su historia y su autoestima, llegando incluso a la aberración de hacerle sentir como un ser biológicamente incompleto, inferior. Por eso Frantz Fanon en “Los condenados de la tierra” nos dice: “… En la dominación colonial todos los esfuerzos se orientan a hacer confesar al colonizado su inferioridad cultural reconocida como conducta instintiva, a reconocer la irrealidad de su nación y, al límite, el carácter desorganizado y no acabado de su propia estructura biológica…”.

Aimé Césaire, en su obra “Discurso sobre el colonialismo”, nos habla así de esta degradación instaurada por la esclavitud primero y por el colonialismo después: “… Hablo de millones de hombres a quienes, de forma astuta, han inculcado el miedo, el complejo de inferioridad, el temblor, el arrodillamiento, la desesperación y el servilismo…”.

Pero todas esas torturas que Césaire nos detalla en su libro no le salen gratis al colono. El colonialismo instaura una dialéctica perversa que devuelve al colono los efectos más perniciosos de su acción. La anulación, la cosificación y el embrutecimiento es un recorrido de ida y vuelta. Así el propio Césaire, tras poner ante nuestra mirada de lector un amplio muestrario de las carnicerías realizadas por el colono blanco en sus tierras de ultramar, nos dice que no lo hace por un impulso de delectación morbosa sino para demostrar que: “… ellas prueban que la colonización deshumaniza al hombre más civilizado; que la acción colonial, fundada en el desprecio del indígena y justificada por ese desprecio, tiende inevitablemente a modificar a aquel que la practica; que el colonizador que para alimentar su buena conciencia se habitúa a ver en el otro a la bestia, se afana en tratarle como bestia, tiende objetivamente a transformarse él mismo en bestia…” y añade: “…Es esta acción, este retorno de la violencia en la colonización, lo que es importante destacar…”.

Continuando con este proceso recíproco de cosificación derivado de la relación colonial, Jean Paul Sartre, en su prólogo a la edición del año 1961 de la obra principal de Frantz Fanon “Los condenados de la tierra”, escribe: “… Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y sus hierros, lo cual hace que sus testimonios sean irrefutables. Basta con que nos muestren lo que hemos hecho de ellas para que sepamos lo que hemos hecho de nosotros, en que nos hemos convertido…”.

El propio Fanon en las páginas de ese libro capital nos dice: “… El colono y el colonizado son dos viejos conocidos. Y en efecto el colono tiene razón cuando afirma “conocerles”. Es el colono quien ha hecho y quien continúa haciendo al colonizado. El colono extrae su verdad, es decir sus esencias, del sistema colonial… y añade: “…La descolonización no pasa nunca desapercibida pues afecta al ser, modifica fundamentalmente el ser, transforma a los espectadores anulados en actores privilegiados … La descolonización es realmente creación de hombres nuevos… la “cosa” colonizada se transforma en hombre en el proceso mismo por el que se libera…”.

Así pues, según Fanon, la liberación del individuo, su emancipación, es una “descolonización del ser”, la opresión alcanza a las comunidades, la política y la cultura pero también, y fundamentalmente, al ser psíquico. Por eso Aminata Traoré nos dice: “… La otra África posible comienza pues por la “descolonización de los espíritus”. Su logro es una condición previa a nuestra participación en el mundo sobre otras bases que no sean la subordinación y la imitación…”.

Sabiendo como sabemos que la colonización es siempre un proceso de ida y vuelta, que la alienación, el embrutecimiento y la cosificación actúan tanto sobre quienes los ejercen como sobre quienes los padecen, estas teorías se nos antojan doblemente interesantes pues nos llevarían a pensar en nosotros hoy, individuos del sur del norte, como seres colonizados por el discurso dominante que, de ser lúcidos, nunca sería el nuestro, por la publicidad agobiante e incitadora a un consumo enloquecido, por las mentiras y las medias verdades que, segregadas por los medios oficiales, por todos los medios oficiales, nos construyen día a día. De hecho la emancipación es también un camino de ida y vuelta, la liberación del colonizado lleva ineluctablemente a la liberación del colonizador, por eso Fanon escribe: “… Tras la lucha no sólo hay desaparición del colonialismo sino también desaparición del colonizado. Esta nueva humanidad, para sí y para los otros, no puede no definir un nuevo humanismo. En los objetivos y métodos de la lucha va implícito este nuevo humanismo”… y añade; “… lo que cuenta hoy, el problema más urgente es el de la necesidad de una redistribución de la riqueza…”.

Sin embargo para Fanon: “… El colonialismo no es una máquina de pensar, no es un cuerpo dotado de razón. Es violencia en estado puro y no puede ceder más que ante una violencia mayor…”. Sartre en su prólogo insiste: “… La violencia colonial tiene por finalidad no sólo mantener al colonizado en su servidumbre. Nada se ahorra a la hora de liquidar sus tradiciones, sustituir sus lenguas por las nuestras, destruir sus culturas sin darles las nuestras, embrutecerles por el agotamiento …etc.”. Y Fanon en sintonía nos dice: “… La operación del colono ha significado la muerte de la sociedad autónoma, letargia cultural, petrificación de los individuos. Para el colonizado la vida sólo puede surgir del cadáver en descomposición del colono…”. Así, tal y como apuntábamos en un texto anterior titulado “Fanon-Sartre: una relación”, Fanon recurre a un extracto de la tragedia de Aimé Césaire “Las Armas milagrosas (Y los perros se callaban)”, en el que el esclavo rebelde se dirige a su madre y se explica:

EL REBELDE (dirigiéndose a su madre muy tranquilo)

«… Recuerdo un día de noviembre; él no tenía seis meses y el amo había entrado, como una luna pálida, en la casa herrumbrosa y palpaba sus pequeños miembros musculosos, era un buen amo, retardaba una caricia de sus gruesos dedos sobre su pequeña cara llena de hoyuelos. Sus ojos azules reían y su boca le embromaba de mimos: será una buena pieza, decía mirándome, y decía otras lindezas el amo, que había que ponerse a ello pronto, que no eran suficientes veinte años para hacer de él un buen cristiano y un buen esclavo, un buen tipo servil, buen capataz de su señor, de ojo vivo y brazo firme. Y ese hombre especulaba sobre la cuna de mi hijo, una cuna de capataz.

Nos arrastrábamos cuchillo en mano.

LA MADRE: Oh!, morirás.

EL REBELDE: Asesinado… Yo le he matado con mis propias manos. Sí: de muerte fecunda y generosa… era la noche. Nos arrastrábamos entre las cañas de azúcar. Los cuchillos reían a las estrellas, pero nos burlábamos de las estrellas. Las cañas de azúcar nos marcaban la cara de arañazos de hojas verdes.

LA MADRE: Yo había soñado en un hijo que cerrase los ojos de su madre.

EL REBELDE: Yo he elegido abrir a otra luz los ojos de mi hijo.

LA MADRE: … ¡Oh, hijo mío! … de muerte mala y perniciosa.

EL REBELDE: Madre, de muerte viva y suntuosa.

LA MADRE: Por haber odiado en exceso.

EL REBELDE: Por haber amado en exceso.

LA MADRE: Ahórramelo, me asfixian tus lazos. Sangro por tus heridas.

EL REBELDE: A mí el mundo no me lo ahorra … No hay en el mundo un pobre tipo linchado, un pobre hombre torturado, en quién yo no sea asesinado y humillado.

LA MADRE: Dios del cielo, líbrale.

EL REBELDE: Corazón mío tu no me librarás de mis recuerdos… Era una tarde de noviembre… Y súbitamente los gritos iluminaron el silencio. Nos habíamos rebelado, nosotros, los esclavos; nosotros, la basura; nosotros, las bestias de pezuña paciente. Corríamos como posesos; los disparos sonaron… Nosotros golpeábamos… Entonces fue el asalto a la casa del amo. Reventábamos las ventanas. Forzábamos las puertas. La habitación del amo estaba totalmente iluminada, y el amo estaba allí muy tranquilo… y los nuestros se pararon… era el amo… Yo entré. Eres tú me dijo, muy tranquilo… SOY YO, SOY SIN DUDA YO**, le dije, el buen esclavo, el esclavo fiel, el esclavo esclavo, y de repente sus ojos fueron dos hurones asustados los días de lluvia… Golpeé, la sangre brotó: es el único bautismo del que hoy me acuerdo…».

La destrucción para reconstruirse, la violencia como afirmación, por eso Sartre dice: “… No llegamos a ser quienes somos sino por la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros… Esta violencia irreprimible es el hombre mismo recomponiéndose…”.

Así, la colonización lleva al colonizado, inevitablemente, a hacerse la pregunta ¿quién soy?. La respuesta es una tarea de reconstrucción a partir de los pedazos esparcidos, rotos, de su personalidad. Un intento de rehabilitación de una identidad machacada durante siglos. Por eso, en su ensayo “La violación del imaginario”, Aminata Traoré se dirige de esta forma tan concluyente a nosotros sus lectores: “… Que el lector me permita una vez más referirme a mi vivencia. Aquellos y aquellas que por primera vez se encuentran conmigo en mi casa, en Bamako, se sorprenden a menudo de reconocerme como arquitecta a pie de obra, decoradora de interior, interlocutora y cómplice de no pocos artesanos y artistas. Un/una intelectual, por lo general, me dicen, piensa y escribe y deja a otros la tarea de transformación. ¿Cómo hacerles comprender que al igual que la mayoría de hombres y mujeres de mi raza intento así reunir los elementos de mi ser dislocado?. En un contexto como el nuestro, donde todo está por hacer, escribir y actuar proceden de la misma necesidad vital de resistir y de existir…”.

Todo está por hacer y en esta dialéctica revolucionaria, emancipadora, de la que hemos venido hablando, era y sigue siendo todavía hoy fundamental el papel de los pueblos del primer mundo, de ahí que Fanon escribiese ya entonces un texto que cobra ahora una rabiosa actualidad: “… Agitando al tercer mundo como una marea que amenaza toda Europa, no se conseguirá dividir a las fuerzas progresistas que buscan conducir a la humanidad hacia la felicidad. El tercer mundo no pretende organizar una inmensa cruzada del hambre contra Europa. Lo que espera de aquellos que le han mantenido en la esclavitud durante siglos, es que le ayuden a rehabilitar al hombre, a hacer triunfar al hombre en todas partes de una vez por todas.

Pero está claro que no nos dejamos llevar por la ingenuidad hasta el punto de creer que esto se conseguirá con la cooperación y la buena voluntad de los gobiernos europeos. Este trabajo colosal que consiste en reintroducir al hombre en el mundo, al hombre total, se hará con la ayuda decisiva de las masas europeas… pero para que eso ocurra, hará falta que las masas europeas se despierten, sacudan sus cerebros y dejen de jugar al juego irresponsable de la Bella Durmiente…”... A buen entendedor… pocas pero buenas palabras sirven.


* Este artículo, ahora retocado, ha sido publicado anteriormente en la sección de cultura del portal AfricaInfomarket
** La mayúscula es mía. Busco resaltar lo que el acto violento tiene de afirmación de la propia identidad

TRAORÉ, Aminata: “Le viol de l’imaginaire”, (“La violación del imaginario”) Fayard / Éditions Actes Sud, 2002.
CÉSAIRE, Aimé: “Discours sur le colonialisme”, (“Discurso sobre el colonialismo”) Éditions Présence Africaine, 1955.
FANON, Frantz: “Les damnés de la terre” (“Los condenados de la tierra”)
Prólogo de Jean-Paul Sartre (1ª ed. 1961 y 2002) y de Alice Cherki, La Découverte/Poche, 2002.
ANTA DIOP, Cheikh: “Nations nègres et culture” (“Naciones negras y cultura”) Présence Africaine, 1954.
CÉSAIRE, Aimé: “Les Armes miraculeuses (Et le chiens se taisaient)”, Gallimard, 1970, p. 133 a 137.
 


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