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Opinión

OPINIÓN

Identidad y emancipación

JUAN MONTERO

Coordinador del Área de África Centro Unesco Gran Canaria29/07/2011

El brillante filósofo y colaborador de GuinGuinBali Juan Montero reflexiona en este texto sobre conceptos como identidad y emancipación. Se trata de una conferencia que fue leída en los festivales Etnosur y el Festival del Sur, Encuentro Teatral Tres Continentes, celebrados ambos recientemente. Una aportación tan lúcida como necesaria.

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Con toda probabilidad, la primera reflexión a la que nos lleva la palabra “identidad”, y no sólo reflexión sino, lo que tal vez sería más importante, sensación, es la de la “singularidad”. La pregunta por la identidad es la pregunta de cada uno de nosotros por cada uno de nosotros y, sólo posteriormente, por lo humano.

En este sentido, el primer problema con el que nos tropezamos cuando abordamos la cuestión de la identidad es un problema semántico, la pregunta es: ¿de qué hablamos cuando hablamos de identidad?.

En el año 1944, un año de identidades destrozadas, el físico austriaco Erwin Schrödinger, premio Nobel desde el año 1933 por su contribución a la formulación matemática de la mecánica cuántica y estudioso de la física atómica, publicó un breve, hermoso y enjundioso libro titulado “¿Qué es la vida?” en el que entre otras muchas cosas decía: “... “Yo”, soy la persona, si es que existe alguna, que controla el “movimiento de los átomos”, de acuerdo con las leyes de la Naturaleza...”. Esta “sentida reflexión”, esta casi intuición, le llevó a concluir que la experiencia no reposaba sobre un sujeto estable, y que somos mucho más ajenos a aquel que fuimos hace veinte años que al personaje de la novela que actualmente estamos leyendo y con el que tanto nos identificamos. Y sin embargo, en condiciones normales, nadie desaparece, no ha habido muerte ni ruptura con aquel que fuimos, y si bien el sujeto es inestable existe sin duda un “continuum” sobre el que reposa la experiencia y al que llamamos “yo”, un panel sobre el que clavar, de manera inevitablemente caprichosa, las chinchetas o los post-it de lo vivido.

De ahí que Schrödinger escriba: “... Cada uno de nosotros tiene la indiscutible impresión de que la suma total de su propia experiencia y memoria forma una unidad muy distinta de la de cualquier otra persona. Nos referimos a ella con la palabra “yo”...”. Hasta aquí la cita de Schrödinger.

Así pues, es importante que retengamos que el “yo”, probablemente la expresión más acabada de la identidad, es una mezcla temblorosa de lo singular/uno con lo complejo/múltiple y que desde esa mezcla participamos de todo lo humano y todo lo humano nos participa. Nuestra memoria nos construye, es la argamasa que nos hace, la lectura que nos va narrando ante nosotros mismos. Desde la óptica caprichosa, inevitablemente parcial, del lector, se va construyendo nuestra identidad.

Pues bien, para un pueblo, una “comunidad”, que es el sentido que queremos dar aquí a la palabra pueblo y que tal vez sea hoy, en el tema que nos ocupa, el sujeto que más nos interesa, el equivalente a esa memoria individual constructiva sería una superestructura cultural. La cultura sería para un pueblo su singularidad y como tal sería transmisora de identidad. Al igual que un individuo sin su memoria no es, un pueblo al que se le extirpa su cultura simplemente deja de existir, es en el mejor de los casos un infrapueblo o un pueblo de infrahumanos que deambulan a nuestro lado como sombras o como bestias, en definitiva, como esclavos.

Así pues, la cultura es la que conforma la identidad de los pueblos, pero no hay cultura sino culturas. La cultura no existe si no es a través de las culturas y cada una de ellas es un singular que alimenta las identidades individuales y sociales en lo que éstas tienen de específico. Por todo ello, las culturas son esencialmente diferentes unas de otras y por lo tanto son generadoras de complejidad como riqueza social, colectiva. En este sentido las sociedades más democráticas son las que generan mayor complejidad aunque, al ser la cultura lo específicamente humano, toda esta diversidad procede de y apunta a una unidad esencial que ha de ser integradora. Esta unidad es la especie, la única especie humana que ha quedado sobre el planeta y a la que todos pertenecemos, pero volveremos sobre esto más adelante.

Ahora nos interesa destacar que la diferencia sustancial existente entre las diferentes culturas origina concepciones del mundo radicalmente distintas y hasta opuestas. Se trata de mitos distintos, de prácticas diferentes, ritos sagrados y profanos que van conformando el alma de los pueblos: la cortesía, los tabúes, los cuentos y leyendas, las creencias, la gastronomía, el arte, el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades... etc.

Toda esta complejidad que está en la base de la identidad de los pueblos, es un capital transmisible de generación en generación. Un patrimonio heredado en un principio a través de la memoria de los individuos, es decir como cultura oral, y más tarde, con la aparición de la escritura, a través de los textos ya sean legales, técnicos, religiosos, literarios, filosóficos o científicos.

Por eso, el sociólogo Edgar Morin, en su libro dedicado a la identidad humana, nos dice que esa transmisión de cultura es garantía de una regeneración permanente de la complejidad social y con ella, y en ella, del crisol donde se fraguan todas y cada una de las identidades del cuerpo social y añade: “... Si el ser humano no se hace plenamente humano más que por y en la cultura, la negación de la propia cultura es un rebajamiento, una condena a la animalidad, la bestialidad, en definitiva la inferioridad. El capital humano primero es la cultura. El ser humano sería sin ella un primate del más bajo rango...”. Hasta aquí la cita de Morin.

De lo dicho hasta ahora es fácil deducir el terrible daño producido en la identidad de los pueblos cuando, de forma calculada (esclavitud, colonialismo...), se rompe mediante la opresión la cadena de transmisión intergeneracional. Como hemos visto, toda dominación exige un rebajamiento, una asunción de la propia inferioridad; por eso Steve Biko, héroe y mártir de la revolución contra el apartheid en Sudáfrica, decía: “... El arma más potente entre las manos del opresor es la mentalidad del oprimido...”. Esta frase es en sí misma genial porque constituye el núcleo, la quintaesencia de todo pensamiento emancipador. De hecho, para desarrollar esta afirmación, para abrirla a una argumentación lúcida que, aunque no lo necesite, le sirva de apoyo, vamos a cotejar esta frase de Steve Biko con las reflexiones sobre la obediencia de un pensador tan, al menos en apariencia, distante y distinto como Michel Foucault.

En un artículo titulado “El exceso de obediencia”, el filósofo francés Frédéric Gros, refiriéndose al pensamiento de Foucault, dice: “... Foucault, propone la obediencia como el concepto político fundamental. Frente a los grandes traumatismos del siglo XX (los totalitarismos), no se contenta con denunciar, con gran aparato lírico, la monstruosidad de los grandes dirigentes. La monstruosidad, Foucault, va a buscarla más bien del lado de los dirigidos. El auténtico enigma no es, en efecto, saber porqué se han podido erigir formas delirantes de poder, sino qué es lo que las ha vuelto aceptables, soportables, deseables para los gobernados. Aquí, sin duda, Foucault prolonga la tesis de La Boétie en su “Discurso sobre el servilismo voluntario”: el verdadero escándalo, no es el del poder, el del abuso de poder, sino el de la obediencia, el del exceso de obediencia...”. Hasta aquí, la cita referida a Foucault.

Podemos pues sostener, sin temor a equivocarnos, que el proceso de adocenamiento y embrutecimiento de un pueblo es, fundamentalmente, un proceso de vaciamiento, de profunda extirpación de lo propio que, como hemos ido viendo hasta ahora es, en lo esencial, su cultura como seña de identidad. La aculturación forzosa es la herramienta que el opresor utiliza frente al oprimido. El resultado es un ser humano simple, desprovisto de la riqueza de su propia complejidad heredada como cultura a lo largo de su particular historia.

Llegados a este punto, es importante no olvidar que toda cosificación del humano pasa no sólo por el rebajamiento ante sí mismo, sino también ante los demás. Es necesario no sólo que el esclavo, el súbdito, se vivan a sí mismos como inferiores, si no que los pretendidamente superiores vean en ellos y ellas a infrahumanos. Esto ha generado a lo largo de la historia un acomplejado sistema de relación inferior-superior y viceversa –muy bien estudiado por Frantz Fanon en su libro “Piel negra, máscaras blancas”- cuya superación, como han tratado pensadores de todas las razas y culturas, es una condición indispensable a cualquier planteamiento serio y creíble de emancipación.

Ante tanto pensamiento discriminatorio, tanta actitud xenófoba, tanto pueblo indígena expulsado hasta de su propia historia; ante tanto vaciamiento y desprecio parece imponerse un proceso necesario de recuperación identitaria, de respeto a lo propio, como fundamento desde el que tramar cualquier aspiración posterior.

El propio Fanon, en su libro “Los condenados de la tierra”, nos dice: “... La descolonización no pasa nunca desapercibida pues afecta al ser, modifica fundamentalmente el ser, transforma a los espectadores anulados en actores privilegiados... La descolonización es realmente creación de hombres nuevos... La “cosa” colonizada se transforma en hombre en el proceso mismo por el que se libera...”. Hasta aquí la cita de Fanon.

Esta transformación de la cosa en hombre a través de un proceso de emancipación colonial resulta clave a la hora de valorar el regreso a lo propio. Todo proceso de liberación conlleva una autoafirmación, una necesaria recuperación de la autoestima profundamente dañada, tanto de individuos como de pueblos. En cualquier caso no debemos olvidar que la colonización nos afecta a todos. Y no sólo en la dialéctica perversa del amo y el esclavo, en cómo reduciendo al esclavo a su condición de bestia, el amo está inexorablemente dándonos la medida de sí mismo; sino también en el hecho de que todos hemos sido desde siempre, en mayor o menor medida, colonizados. En la asunción del discurso dominante, ya sea éste el del mercado, el de la seguridad, el del prejuicio frente al otro, el mediático, el de cualquiera de las religiones dominantes... etc., nuestra mente se cosifica y se aliena, hay una evidente pérdida de complejidad y, por lo tanto, de riqueza, y contribuimos a la generación de productos idiotizantes como el mal llamado pensamiento único. Hoy la batalla principal se libra en la mente, paradójicamente el discurso blanco de dominación y la alienación que ha supuesto durante siglos para los pueblos del resto del planeta, empieza a volverse contra el blanco mismo. Hoy, lo peculiar, viviendo como vivimos en el capitalismo saturnal, el del dios que devora a sus propios hijos, a sus preferidos de siempre, es constatar como, anegados por la publicidad, la incitación al disfrute del consumo individual y la impresión, estimulada por unos medios a sueldo, de vivir en el mejor de los mundos posibles, los blancos nos hemos vuelto incapaces de reaccionar frente al robo continuo de derechos seculares conquistados con sangre por las luchas revolucionarias de quienes nos precedieron.

Pero volviendo a la recuperación de la autoestima profundamente dañada, volviendo a Fanon, hemos de añadir que no es casual que los procesos de independencia y recuperación de soberanía por parte de los pueblos sometidos vayan acompañados de la creación o recreación de una conciencia nacional. Recuperación del orgullo de pertenecer a una comunidad con cultura e historia propias. Renacer de la dignidad y por lo tanto de la seguridad en sí mismos... etc.

Llegados a este punto no voy a resistirme a citar a Aminata Traoré, reconocida intelectual y activista maliense, en uno de sus hermosos textos referido a la experiencia colectiva de la independencia. Quedó escrito en su libro “La violación del imaginario”, y dice así: “... Era 1960, me acuerdo. La independencia tenía el sabor de mis trece años: rebosante de promesas. Los adultos creían en ella, estaban exultantes jurando que ya nada sería como antes… Por primera vez, oía a mi madre hablar del porvenir y de una nueva responsabilidad a asumir. Yo, a punto de convertirme en mujer, era todo oídos. Saboreaba el optimismo de los adultos. Ellos decían ya entonces, a su manera, que otro mundo era posible: “a partir de ahora nos pertenecemos, elegiremos y decidiremos por nosotros mismos”, repetían una y otra vez hombres y mujeres...”.

De esta cita me interesa destacar esta última frase: “... a partir de ahora nos pertenecemos, elegiremos y decidiremos por nosotros mismos...”. Nos pertenecemos es una expresión que evoca, inequívocamente, la identidad como condición previa a la asunción de cualquier responsabilidad, de cualquier protagonismo: elijo y decido porque soy, porque me pertenezco. En este sentido y a modo de ejemplo, no hemos sabido valorar suficientemente la revolución que ha supuesto el acceso de los indígenas al gobierno, que no al poder, en varios países de Latinoamérica. Ver a un hombre como Evo Morales ocupando la más alta magistratura de un país como Bolivia, es algo que nos debería haber hecho reflexionar mucho más de lo que hemos hecho hasta ahora. Reflexionar y emocionar pues con Evo Morales se hace visible toda una comunidad que, literalmente, había dejado de existir desde hacía cinco siglos.

Indígenas del norte y del sur de América, hombres y mujeres de África, de Asia y de Oceanía, llevan siglos muriendo para que nosotros vivamos, callando para que nosotros hablemos, siendo sombras para que nosotros tomemos cuerpo, desestructurados para que nosotros presumamos de democracia... Los intentos de emancipación de estos pueblos, su lucha por la dignidad desde la dignidad y por ocupar de nuevo el centro de su historia, durante demasiado tiempo falseada o simple y llanamente ignorada, buscando de esta forma reapropiársela y ocupar así el protagonismo de la misma desde su identidad amplia, plural, profunda y negada, nos interpela y nos obliga a emanciparnos de nosotros mismos en lo que esta operación tiene de renovación profunda de nuestro discurso y de nuestra mirada hacia los otros. ¿No decía el filósofo Jean Paul Sartre que “no llegamos a ser quienes somos sino por la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros”?.

Por todo ello, el reconocimiento de nuestra responsabilidad en la deriva de otros continentes es hoy el paso previo inexcusable a la credibilidad de nuestras propuestas. No podemos hacer como Nicolas Sarkozy en su lamentable paso por Dakar del pasado 26 de julio de 2007, sacarnos de la chistera una idea rancia, vieja y reaccionaria –la Euroafrique- como quien saca un conejo, y pretender aplicarla “como si aquí no hubiese pasado nada”. Una vez más el verdugo se nos revela como el suministrador de remedios. Decía el escritor húngaro, internado en los campos de Auschwitz y de Buchenwald, Elie Wiesel, que “el verdugo mata siempre dos veces, la segunda vez por el silencio“. Habría que añadir aquí que el presidente Sarkozy tiene el desafortunado honor de haber inaugurado, con su discurso de Dakar, una tercera muerte, la de la palabra sin complejos, la de reconocer en la víctima al culpable de su destino y liberar así al verdugo, públicamente y en el lugar del crimen, de toda responsabilidad. Tras la esclavitud, la trata y el colonialismo, tras el silencio que aconseja el tabú, la tercera muerte se adivina en la palabra desvergonzada, liberada incluso hasta del mínimo freno que imponía, cínicamente, la diplomacia.

Visto pues lo visto, ¿hay aspectos incontestablemente positivos en la identidad?, ¿es la identidad necesaria aunque fuese tan sólo como paso a una supraidentidad?. Parece ser que sí, que viniendo como hemos relatado individuos y pueblos de un largo tiempo de aniquilación, es necesario un período de recuperación de lo propio, una convalecencia de la autoestima que devuelva la dignidad y la seguridad indispensables para acometer cualquier empresa de reconstrucción y de convivencia.

Ahora bien, sería deseable que ese proceso de recuperación de la propia identidad, de la identidad de los pueblos, fuese en todo momento un proceso integrador. La identidad necesita afirmarse pero ha de integrarse y ser al tiempo integradora. Ha de instalarse en la codiferencia como en su medio natural, practicando una apertura hacia lo diferente que le evite enredos en patologías reduccionistas y de exclusión.

Si como dice Edgar Morin, la buena sociedad es aquella que genera y regenera alta complejidad, entonces la “codiferencia” es una pieza clave de la convivencia.

“… Todo lo que vive es irrepetible. Es inconcebible que dos seres humanos, dos arbustos de rosas silvestres sean idénticos… La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias y las particularidades por la vía de la violencia…”. Así escribe, al comienzo de su clásico “Vida y destino”, el escritor ruso Vasili Grossman.

Aprender pues a vivir con el otro y su cultura, aun cuando no la entendamos, es apreciar la riqueza de la pluralidad. Lo contrario es exacerbar la identidad en lo que ésta tiene de excluyente. La historia, desgraciadamente, nos ofrece múltiples ejemplos: desde la esclavitud y el colonialismo ya comentados, hasta el imperialismo como occidentalización, las religiones, el género, la etnia y, por supuesto, la propiedad.

Ejemplos hay miles de como la identidad excluyente es por definición empobrecedora. La globalización como occidentalización es uno paradigmático. Occidente ha “convenientemente” entendido que mundialización es sinónimo de occidentalización. A nuestra voracidad no le basta con quedarse con los recursos de los otros, sino que exigimos además que nuestra cultura sea la cultura, que nuestra civilización sea la civilización, que nuestras lenguas sean las lenguas, que en definitiva nuestra identidad sea la identidad.

La generación de alteridad ha de acompañar pues la necesaria vuelta a lo propio. De la mano han de ir el renacimiento desde la propia identidad junto al reconocimiento de la identidad de los otros. Sólo así alcanzaríamos el equilibrio entre diferencias que haría, de la cultura planetaria que atisbamos, el producto siempre variable de un mestizaje y no el reducto uniformador y fósil de una imposición.

Cuando al principio de esta charla hablábamos de que la diversidad de expresiones culturales procede de y apunta a una unidad que ha de ser integradora, nos estábamos anticipando a esta idea de mestizaje como fundamento de una supraidentidad o identidad planetaria. Este mestizaje, esta construcción de una auténtica cultura planetaria, es posible porque toda la diversidad de lo humano procede de una unidad íntima, reconocida y vivida como tal. Si, como decíamos, no existe una ruptura, una muerte en el continuum que nos construye como “yo”, tampoco existe una fractura esencial en lo que nos construye como especie. Tal y como apuntábamos anteriormente, pertenecemos a la única especie humana que ha sobrevivido y en este sentido poseemos una unidad esencial, biótica. Las culturas nos diversifican, nos complican y nos enriquecen, pero la especie nos une, nos empuja y nos puede marcar las vías hacia una convergencia dinámica, siempre en construcción, esencia misma de la democracia como espacio de luchas y de conquistas hacia una unidad planetaria superior, jamás garantizada, que nos integre en toda nuestra diversidad. En este sentido, Edgar Morin, en su libro ya citado sobre la identidad humana nos dice: “... Querríamos esperar por último que las necesidades de una “vuelta a las fuentes”, que animan hoy los fragmentos dispersos de la humanidad y que provocan la voluntad de asumir las identidades étnicas o nacionales, puedan profundizarse y complicarse, sin negarse a sí mismas, con la vuelta a las fuentes en el seno de la identidad de ciudadano de la Tierra-Patria...”.

Esta cita de Morin retrata nuestra actualidad y desde lo que somos nos invita a una política que, en palabras de Frantz Fanon, sólo puede ser: “... Este trabajo colosal que consiste en reintroducir al hombre en el mundo, al hombre TOTAL...”. Única política hoy hacedora de utopía como espacio de lo posible, o al menos de lo deseable.

Otro gran sociólogo recientemente fallecido, José Vidal-Beneyto, refiriéndose al pensador y analista social Jürgen Habermas, expresaba así nuestra actualidad y nuestra necesidad de utopía: “... se trata de establecer una comunidad pública de ciudadanos capaz de dar respuesta cabal al mayor número de demandas de cada uno de ellos... Se trata de volver a las cosas mismas, de encontrar en la intersubjetividad asumida de los actores y de sus prácticas el cimiento real de nuestra vida en común, lo que equivale en el ámbito político a apoyarse en el conjunto de interacciones, sobre todo comunicativas, que pueblan el espacio de la deliberación pública y constituyen la trama última de la democracia. Más allá de los imperativos de la sociedad del trabajo y de la ética puritana que le confiere validez máxima, Habermas nos invita a privilegiar el mundo de la comunicación humana y de la interacción ciudadana, a sustituir el “ethos” del trabajo por la ética del diálogo...”. Y terminando el artículo se hace a sí mismo la pregunta: “... ¿Utópico?...”, a la que él mismo responde: “... No hay programa más movilizador que el de una buena utopía. Sobre todo si es necesaria”. Hasta aquí las palabras de Vidal-Beneyto.

Se trata de que la recuperación de las identidades tienda al mestizaje en un sistema-mundo, en una sociedad-mundo, de ahí la importancia hoy de los movimientos por otra globalización como constructores de identidad planetaria. Una nueva globalización que haga de cada uno de nosotros, como creadores de un proceso político, el nuevo sujeto histórico. La única salida posible consiste en colocar al ser humano y su entorno en el centro de las preocupaciones mundiales. Los protagonistas del cambio han de ser las sociedades civiles y el diálogo entre ellas, esa corriente humana que nunca ha sido representada por ningún Estado. Se trata, en definitiva, de restituir a la política, escrupulosamente laica, su total ascendencia sobre la economía.

Hoy son los Foros Sociales Mundiales o continentales o locales, en definitiva los foros ciudadanos, las plazas, las calles, los únicos lugares donde, aún con sus errores, habita la única política digna de este nombre. La única política que aspira a reflejar en la asamblea planetaria el máximo de la complejidad que nos construye, sabiendo que esta complejidad es el sustrato y el alimento de nuestra libertad, luego de nuestra soberanía y, con ella, de los máximos de independencia hacia los que, permanentemente, en un combate que no tiene final, tendremos que seguir apuntando.

Muchas gracias.


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