Guinguinbali

Ruanda

En abril de 1994, hace ahora 16 años, en Ruanda se produjo uno de las mayores matanzas de la historia. En menos de cuatro semanas, unas 800.000 personas, en su mayoría tutsis, fueron asesinadas.

Recomendado: Ruanda, el horror en francés, por Juan Montero, Coordinador del Área de África Centro Unesco Gran Canaria

Hace unas semanas, Sarkozy admitía en una visita relámpago a Ruanda que Francia cometió "graves errores" durante el Genocidio de 1994. Hay que tener mucha desfachatez para llamar 'error' a lo que fue una actuación planificada y ejecutada a sabiendas desde el Elíseo. Ramón Lobo lo explica muy bien en su blog. Pero es difícil de entender si no se conoce un poco el contexto del país, así que -saltándome todas las 'normas' de cómo escrbir un post-, voy a intentar contar cómo se desarrollaron los acontecimientos que llevaron a la muerte, en cuatro trágicas semanas, a más de 800.000 tutsis (y algunos hutus) a manos de los que hasta ese día habían sido sus vecinos, profesores y compañeros.

No voy a descubrir nada nuevo, pero no podemos olvidar lo que pasó en Ruanda, cómo se gestó, con la ayuda de quién se llevó a cabo y cómo sus gentes intentan superarlo.

Ruanda es un pequeño país situado en el corazón de África en el que desde siempre han existido tres etnias: los Hutu (el 85% de la población), los Tutsi (un 14%) y los Twa (1%).

La historia del país es intrincada y dificil de contar en unas pocas líneas, pero a grandes rasgos, se pueden distinguir varias fases.


  • Dominación colonial (primero alemana y luego belga) apoyada por los tutsis



  • A finales del siglo XIX, Ruanda fue colonizada por los alemanes en aplicación del Tratado de Berlín. En un primer momento, Alemania firmó con el rey Kigeri IV (tutsi) la paz colonial y la administración del país. Tras la muerte del monarca, los jefes hutus, que se habían visto desplazados, se levantaron contra el poder establecido. El nuevo rey tutsi decidió apelar a la ayuda alemana, que se encargó de exterminar a los rebeldes. Desde ese momento, los colonizadores comprendieron que era mejor para ellos aliarse con una de las dos etnias para detentar el poder, y eligen a los tutsis. Entre 1914 y 1916, los tutsis ayudan a los alemanes a resistir a las tropas belgas, pero finalmente, éstas se quedan con el territorio. El poder colonial belga no cambia la situación; de hecho se apoya más que nunca en la “raza elegida”. Igual había hecho la Iglesia católica desde sus inicios. Ya en 1900 se habían establecido en la zona las primeras misiones (gracias a la autorización del rey tutsi), y los primeros curas indígenas iban a ser también tutsis. Durante muchos años, la situación se mantiene estable y el poder político y económico iba a estar en manos de los tutsi (según un informe de la OUA, entre 1932 y 1957, el 75% de los estudiantes de secundaria era tutsi).
    Pero la Guerra Fría va a cambiar la situación. El bloque comunista se acerca a los mandatarios tutsis para invitarles a deshacerse del poder colonial, y los tutsis responden muy favorablemente a la propaganda marxista. Esta actitud afecta mucho a la situación de la iglesia católica, la cual, decide entonces comenzar a apoyarse en la mayoría hutu. Ya en 1956, los dirigentes tutsis apelan a la independencia, a lo que los católicos responden con un texto de varios intelectuales llamado “Manifiesto de los Bahutus” –se publica en el periódico católico Kinyameteka–, en el cual se reclama el acceso al poder de los hutus y se suplica al gobernador belga que no acceda nunca a la Independencia del país.

    2.- Los hutus se hacen con el poder

    El 25 de julio de 1959, el rey tutsi (Mutara III) muere súbitamente, a la salida de la casa de su médico belga; los colonizadores se niegan a realizar una autopsia, y la tensión crece en todo el país. Unos denuncian el “complot belga”, mientras que la iglesia católica toma partido abiertamente a favor del nuevo Partido del Movimiento por la Emancipación Hutu, dirigido por Grégoire Kayibanda.
    En noviembre de 1959 se producen disturbios y masacres por todo el país, y tiene lugar una auténtica revolución: los antiguos privilegiados son ahora asesinados y perseguidos; el nuevo rey –que acaba de sustituir al fallecido– abandona el país, y con él unos 200.000 tutsis que se instalan en países vecinos. Bélgica impone un régimen militar e instala un gobierno provisional presidido por Kayibanda. Es el fin de la monarquía y de la hegemonía tutsi.

    3.- Independencia y gobierno de Juvenal Habyarimana

    El 1 de julio de 1962, Ruanda se declara independiente y desde entonces las tensiones étnicas no paran de crecer en el país. Entre 1963 y 1964, los exiliados tutsis lanzan ataques desde Burundi y Ouganda, provocando la radicalización del poder hutu: los funcionarios tutsis son masivamente excluidos; se crea la “regla del 10” –por ejemplo, una empresa con menos de 10 trabajadores, no puede tener más que un solo tutsi–; y sólo los hutus son admitidos en el Ejército (y siempre y cuando no se casen con una mujer tutsi). Este sistema que, sin ningún reparo, podríamos llamar de apartheid, hace que los tutsis se dedicen al comercio y las profesiones liberales, las únicas a las que tienen acceso.
    El sistema va degenerando hasta que en 1973 un golpe de Estado lleva al poder al general Juvenal Habyarimana, que alega la inestabilidad para justificar el golpe. En un primer momento, la nueva dictadura supone cierto alivio para la comunidad tutsi, a la que se le permiten ciertas libertades pero en líneas generales la represión continúa. Cinco años después, Habyarimana impone una nueva Constitución, por la cual, todos los ruandeses son, desde su nacimiento, miembros del partido único, el Movimiento Republicano Nacional para el Desarrollo (MRND):

    4.- La conexión francesa

    Es una dictadura de facto, pero a Francia no le importa lo más mínimo si le sirve para ampliar su influencia en la zona. París pretende extender su “área de actuación” y ha encontrado en Ruanda un lugar perfecto. Así, en 1974 ambos países firman un acuerdo general de cooperación técnico-militar por el cual Francia se encargaba de proveer una ayuda en armas que alcanzaba los cuatro millones de francos al año. Con el tiempo, el régimen de Habyarimana se hace cada vez más sanguinario, pero eso no impide que Francia siga manteniendo relaciones privilegiadas con él.

    Ya con Mitterrand en el poder (el mismo que en su famoso discurso de La Baule aseguró que Francia sólo apoyaría a los países democráticos), los créditos siguen. De hecho, las relaciones se ven afianzadas por lazos personales: su hijo Jean-Christophe Mitterrand, al que despectivamente se le conoce como "Papa m´a dit", es muy amigo de Jean-Pierre Habyarimana, el hijo del presidente ruandés.

    En los últimos años 80, Ruanda se enfrenta a una grave crisis, tanto económica como política, y el Gobierno deriva cada vez más hacia el racismo y la represión, lo que va a desembocar, el 1 de octubre de 1990, en la invasión llevada a cabo por el Frente Patriótico Ruandés (tutsis) desde Uganda. A finales de esa década Francia concede a Ruanda un préstamo de 84 millones de dólares “para el desarrollo", y más tarde, un segundo préstamo, mediante la Caja Central de Cooperación Económica, de 49 millones “para la realización de diferentes proyectos”. Ambos sirven al Gobierno de Ruanda para la compra de armas.

    El ataque de octubre de 1990 es el detonante definitivo para la creación del “hutu power”. El 10 de diciembre de ese mismo año, una revista extremista, Kangura, financiada por hutus importantes cercanos al presidente Habyarimana, publica los “Diez Mandamientos del Hutu”; el octavo era muy explícito: “los hutus tienen que dejar de tener pena por los tutsis”. Para terminar de exacerbar el odio, en agosto de 1993 nace la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas (RTLM), creada por Ferdinand Nahimana, un intelectual fanático amigo de la esposa del Presidente. Ese mismo mes se firman los acuerdos de paz de Arusha, entre el Gobierno y el FPR, que establecen el reparto de poder ente hutus y tutsis. La RTLM se encarga de poner toda la resistencia posible a dichos acuerdos.

    Desde entonces y hasta 1994 se vive en el país una etapa de guerra de guerrillas con motivos de las treguas, negociaciones y ataques que van a ir creando las condiciones para las masacres posteriores. A esto se une que el ataque del FPR (tutsi) por la zona norte había supuesto el desplazamiento de más de un millón de hutus que huían de los combates, gente que se asentó en campos de desplazados que serían un terreno propicio ara el reclutamiento de voluntarios que iban alimentando un enorme odio hacia los tutsis y el FPR.

    Políticamente, el país iba a la deriva, hasta el punto de que el ex ministro de Defensa, James K. Gasana, afirmaría años después que “este periodo se caracterizó por la desaparición de la administración pública”, y militarmente, iba peor, ya que en muchas zonas comenzaron las masacres de tutsis en respuesta a la invasión del FPR.
    A la vez, los medios de comunicación de ambos bandos, la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, –ligada a elementos radicales del MRND–, y la Radio Muhaura, del FPR, iban calentando el ambiente.VER: La radio del odio, fomentando la muerte.

    Francia, mientras tanto, sigue haciendo que no se entera de nada, a pesar de los múltiples informes que avisan de la posible debacle del país, y en febrero, el capitán galo Paul Barril, ex responsable de la célula antiterrorista de la presidencia francesa se implica, a petición del ministro ruandés de Defensa, en una misión llamada “operación Insecticida”. Y esta vez no será sólo una implicación económica o de armas, sino que va a suponer la participación directa de miembros de las Fuerzas de Seguridad galas en el país.

    5.- Los instructores franceses llegan a Ruanda
    Tras la cumbre de La Baule en 1990, Habyarimana había sido uno de los pocos que habían aplaudido calurosamente el discurso de Mitterrand asegurando que la ayuda francesa solo iría para los países democráticos, cosa que Ruanda, desde luego, no era. Entonces, ¿por qué este apoyo de Habyarimana a Mitterrand?. Bien, las relaciones entre ellos son estrechas y el presidente ruandés sabe que, si “se porta bien” con los franceses, será recompensado. Efectivamente, así es: comienzan los envíos de armas de todo tipo y, sobre todo, París se ofrece a entrenar al ejército ruandés.

    Según Clauidine Vidal y François-Xavier Verschave , tras el ataque de octubre de 1990 del FPR, Juvénal Habyarimana , hijo del presidente ruandés, llama a su amigo Jean-Christophe Mitterrand, encargado entonces de la célula africana del Elíseo, para pedirle el envío de algunos centenares de paracaidistas y J. C. Mitterrand acepta inmediatamente. Además, el coronel Thibaut, un antiguo miembro de los Servicios Secretos franceses, se encarga de aconsejar a Habyarimana (padre) durante todo este periodo.
    Existen varios testimonios sobre la implicación directa de los soldados franceses en el entrenamiento de los futuros genocidas hutus. Un antiguo responsable de los llamados “escuadrones de la muerte”, Janvier África, declaraba al periodista sudafricano Mark Huband, del Weekly Mail and Guardian de Johanesburgo: “Los militares franceses nos enseñaron a capturar a nuestras víctimas y a amarrarlas. Eso era en una base en el centro de Kigali. Allí era donde se torturaba y donde la autoridad militar francesa tenía su sede”. Por si fuera poco, en marzo de 1993 se crea una comisión internacional, instiga por la Federación Internacional de Derechos del Hombre, sobre las masacres de Tutsis en Ruanda; durante la misma, un miembro de la comisión, Jean Carbonate, afirma haber visto instructores franceses en el campamento de Igogwe, adonde “llegaban camiones repletos de civiles, que eran torturados y asesinados”. Los informes serían luego confirmados por la Misión Parlamentaria de Información creada en París. (....)

    A pesar de todo esto, en el otoño de 1993, Mitterrand recibe en París, con alfombra roja y todos los honores, a su amigo Juvénal Habyarimana. Pero la cooperación entre ambos países llega aún más lejos y a más alto nivel. En febrero de 1992, el Ministerio galo de Relaciones Exteriores envía a la embajada de Francia en Kigali una nota según la cual “el teniente coronel Chollet, ejercerá simultáneamente las funciones de consejero del presidente de la República, jefe de las Fuerzas Armadas ruandesas, y las funciones de consejero del jefe del Estado Mayor el Ejército ruandés”. Es decir, que el responsable de las fuerzas francesas desplegadas en Ruanda se convierte en comandante del ejército ruandés.

    En febrero de 1993, un portavoz del Grupo de Observadores Militares Neutros de la Organización para la Unidad Africana, acusa a los franceses de bombardear las posiciones del FPR al sur de Ruhengeri, tras la gran ofensiva de éstos. El coronel Cussac, adjunto militar de la embajada de Francia y responsable de la misión de asistencia militar, lo niega con vehemencia: “las tropas francesas fueron desplegados solamente sobre la ruta de Tuhengerir para asegurar la evacuación con toda seguridad de los nacionales franceses y otros occidentales” .

    A todo esto se unió, el 20 de octubre de 1993, el asesinato del presidente burundés, Melchor Ndadaye –un hutu elegido democráticamente– por el ejército tutsi, lo que supuso una conmoción en la comunidad hutu. La guerra estaba servida. Sólo faltaba un detonante, que tuvo lugar el 6 de abril de 1994. Ese día, el avión presidencial ruandés, pilotado por tripulación francesa y con el presidente Habyarimana, su homólogo burundés Cyprien Ntaryamira y otras personalidades a bordo, es derribado por un misil. ¿Quién ha lanzado ese misil?. No se tiene ningún rastro, pero esa noche comienza el horror. (...)

    En esta situación, ya cuando las cosas se han ido absolutamente de las manos, lo primero que hacen las autoridades galas es evacuar de la zona a todos sus nacionales y a algunos miembros muy destacados de la administración ruandesa, entre ellos la esposa y otros familiares del presiente asesinado, varios de ellos implicados muy directamente, como ya hemos visto, con la Radio de las Mil Colinas y la incitación al odio y al genocidio; es decir, los ideólogos del régimen. Mientras tanto, miles de ruandeses, algunos de ellos que han trabajado durante años para las autoridades francesas, son abandonadas a su suerte. Es el caso de Charles R., ayudante de bibliotecario en el Centro Cultural francés en Kigali . “Los franceses nos previnieron: ‘Mañana nos vamos’, nos dijeron, ‘No os podemos llevar, no entra dentro de nuestro mandato’. Yo pensaba que se trataba de una broma. Jamás pensé que nos pudieran dejar en manos de los asesinos (...) Ya sabíamos que sí evacuaban a la familia del presidente Habyarimana (...). Se marcharon llevándose las provisiones de galletas y de agua. (..) Por suerte llegaron los militares belgas para preparar la evacuación de sus nacionales. Yo no osé ni pedirles que nos evacuaran. Si los franceses, para los que habíamos trabajado tanto tiempo, no nos protegían, no había ninguna esperanza de que los belgas se interesasen por nosotros (...) Pero al partir, viendo que nos quedábamos mirándoles, nos dijeron, ‘Venid, rápido, no os podemos dejar aquí’. (...)”.
    Tras contar su historia completa, Charles R., concluye: “Yo creo que los franceses estaban al corriente de que se preparaba un genocidio. En el centro Cultural, nosotros les traducíamos la prensa local, incluido el periódico oficial del MNRD, Kangura. Les mostrábamos las listas que circulaban, con los enemigos del régimen. Yo mismo les he transmitido los mensajes anónimos que incitaban al odio contra los tutsis. ‘Aquí se prepara algo’, les decía yo. ‘Nosotros somos apolíticos’, me respondían ellos..
    Esta historia es confirmada por Jean-François Bayart, director del Centro de Estudios e investigaciones Internacionales (CERI) de París: “El personal blanco de la embajada, ha sido salvado; el personal negro, abandonado a los asesinos. Una salvación en función del color de la piel”.
    Una de las primeras consignas del Elíseo una vez desatado el terror fue asegurar la evacuación de la viuda y la familia del presidente, además de otros altos miembros de la administración ruandesa. A su llegada a París, Agathe Habyarimana, no sólo fue recibida con un ramo de flores enviado por Mitterrand, sino que el Ministerio de la Cooperación puso a su disposición 200.000 francos para ayudarla a instalarse.
    Muchos testimonios han asegurado que la mujer del presidente se encontraba muy unida al trabajo de la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, la cual, como ya se ha dicho, incitó abiertamente al genocidio, pero esto no parece ser motivo suficiente par que Mitterrand no la siguiera tratando como a una respetable primera dama.

    Mientras tanto, el apoyo militar continúa. Ante los éxitos militares del FPR, Francia decide intervenir públicamente, alegando “razones humanitarias” y el 10 de mayo de 1994, Mitterrand lanza la idea de enviar tropas fancesas a Ruanda. Se trata de la operación Turquesa. El 18 de julio, Mitterrand dice: “A partir de ahora es cuestión de horas y de días (...). Repito, cada hora cuenta”. Pero la verdad es que el genocidio había empezado varios meses antes.
    La operación Turquesa, una intervención avalada por la ONU consistía, en teoría, en el envío de 2.500 soldados franceses que debían formar una zona humanitaria.

    Comienza la ‘Operación Turquesa’
    En nueve días, Francia despliega a varios cientos de hombres, miembros de sus tropas de elite. Su misión es crear la Zona Humanitaria Segura, con el objetivo teórico de crear un corredor seguro para facilitar la evacuación, pero son muchos los que afirman que la única intención era permitir a los principales responsables del genocidio escapar hacia Zaire. Esta idea es confirmada por unas notas del entonces primer ministro galo, Edouard Balladur, que no se muestra de acuerdo con la actuación de Mitterrand. “Para el presidente Mitterrand no se trataba de castigar a los autores hutus del genocidio; para mí no se trataba de que estos pudieran ponerse a salvo en Zaire”.

    De hecho, algunos de los testimonios de supervivientes tutsis han asegurado que los soldados galos entregaban hombres a los hutus y que ellos mismos cometieron asesinatos y violaciones .
    La operación es minuciosamente detallada por Roméo Dallaire, el general ecargado de la Misión de Asistencia de la ONU que estuvo en ruanda entre 1993-1994. En un libro publicado unos años después de salir del infierno, y tras serios problemas de salud debido a lo que había visto y vivido en el país africano, Dallaire tuvo el suficiente valor para escribir un libro en el que arremetía contra todos –la ONU, EEUU, la UE, los franceses...– por su absoluta dejadez e indiferencia ante lo que se preparaba en Ruanda. En ese libro, Shake hand with the devil , Dallaire se refiere a la operación francesa como la “Invasión Turquesa”, y dice de ella: “ ... Más tarde me di cuenta de que un buen número de los oficiales que formaban parte de la operación Turquesa eran militares franceses que trabajaron como consejeros del RGF (el ejército ruandés) hasta el principio de la guerra. ¿Cómo iba a sentar su presencia al FPR, que sospechaba que la operación francesa no era solamente humanitaria?.

    “Pronto, los medios franceses comenzaron a emitir entrevistas con soldados franceses que se mostraban sorprendidos al ver que eran sus aliados (los hutus) los que estaban cometiendo los crímenes y las masacres, y no el FPR, como a ellos les habían dicho. Pronto, algunos de ellos comprendieron la horrible responsabilidad de los ‘pacemakers’ en un genocidio”. En definitiva, Dallaire critica la actitud y la toma de posición francesa, claramente a favor de las fuerzas gubernamentales a pesar de que iban, teóricamente, en misión de paz y por un mandato de la ONU.
    Mientras tanto, el FPR siguió avanzando, y el 4 de julio la capital cayó en sus manos, dando comienzo entonces al genocidio a la inversa: los tutsis cargan contra los hutus, que se ven obligados a abandonar el país.
    Diez años después, el presidente ruandés, el antiguo líder del FPR, Paul Kagame, se atrevió a acusar a las autoridades francesas de apoyar de forma directa el genocidio . En una entrevista en la emisora francesa Radio France Internacional, en marzo de 2004, Kagame aseguró que disponía pruebas de la participación directa de “elementos franceses” en el genocidio, y afirmó que “apoyaron, facilitaron armas y dieron órdenes a los genocidas hutus”. Además, exigió justicia: “No existe ninguna duda de que franceses estuvieron implicados en el genocidio ruandés y en algún momento deberían responder por sus actos, ya sea ante un tribunal francés o ante el Tribunal Internacional de Justicia”.

    En respuesta a estas acusaciones, Francia contraataca responsabilizando al propio Kagame de las matanzas. Además, un tribunal francés acusó al actual presidente ruandés de estar detrás del atentado que costó la vida, en 1994, a los entonces presidentes de Ruanda y Burundi.

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