Dominación colonial (primero alemana y luego belga) apoyada por los tutsis
A
finales del siglo XIX, Ruanda fue colonizada por los alemanes en
aplicación del Tratado de Berlín. En un primer momento, Alemania firmó
con el rey Kigeri IV (tutsi) la paz colonial y la administración del
país. Tras la muerte del monarca, los jefes hutus, que se habían visto
desplazados, se levantaron contra el poder establecido. El nuevo rey
tutsi decidió apelar a la ayuda alemana, que se encargó de exterminar a
los rebeldes. Desde ese momento, los colonizadores comprendieron que
era mejor para ellos aliarse con una de las dos etnias para detentar el
poder, y eligen a los tutsis. Entre 1914 y 1916, los tutsis ayudan a los
alemanes a resistir a las tropas belgas, pero finalmente, éstas se
quedan con el territorio. El poder colonial belga no cambia la
situación; de hecho se apoya más que nunca en la “raza elegida”. Igual
había hecho la Iglesia católica desde sus inicios. Ya en 1900 se habían
establecido en la zona las primeras misiones (gracias a la autorización
del rey tutsi), y los primeros curas indígenas iban a ser también
tutsis. Durante muchos años, la situación se mantiene estable y el poder
político y económico iba a estar en manos de los tutsi (según un
informe de la OUA, entre 1932 y 1957, el 75% de los estudiantes de
secundaria era tutsi).
Pero
la Guerra Fría va a cambiar la situación. El bloque comunista se acerca
a los mandatarios tutsis para invitarles a deshacerse del poder
colonial, y los tutsis responden muy favorablemente a la propaganda
marxista. Esta actitud afecta mucho a la situación de la iglesia
católica, la cual, decide entonces comenzar a apoyarse en la mayoría
hutu. Ya en 1956, los dirigentes tutsis apelan a la independencia, a lo
que los católicos responden con un texto de varios intelectuales llamado
“Manifiesto de los Bahutus” –se publica en el periódico católico
Kinyameteka–, en el cual se reclama el acceso al poder de los hutus y se
suplica al gobernador belga que no acceda nunca a la Independencia del
país.
2.- Los hutus se hacen con el poder
El
25 de julio de 1959, el rey tutsi (Mutara III) muere súbitamente, a la
salida de la casa de su médico belga; los colonizadores se niegan a
realizar una autopsia, y la tensión crece en todo el país. Unos
denuncian el “complot belga”, mientras que la iglesia católica toma
partido abiertamente a favor del nuevo Partido del Movimiento por la
Emancipación Hutu, dirigido por Grégoire Kayibanda.
En
noviembre de 1959 se producen disturbios y masacres por todo el país, y
tiene lugar una auténtica revolución: los antiguos privilegiados son
ahora asesinados y perseguidos; el nuevo rey –que acaba de sustituir al
fallecido– abandona el país, y con él unos 200.000 tutsis que se
instalan en países vecinos. Bélgica impone un régimen militar e instala
un gobierno provisional presidido por Kayibanda. Es el fin de la
monarquía y de la hegemonía tutsi.
3.- Independencia y gobierno de Juvenal Habyarimana
El
1 de julio de 1962, Ruanda se declara independiente y desde entonces
las tensiones étnicas no paran de crecer en el país. Entre 1963 y 1964,
los exiliados tutsis lanzan ataques desde Burundi y Ouganda, provocando
la radicalización del poder hutu: los funcionarios tutsis son
masivamente excluidos; se crea la “regla del 10” –por ejemplo, una
empresa con menos de 10 trabajadores, no puede tener más que un solo
tutsi–; y sólo los hutus son admitidos en el Ejército (y siempre y
cuando no se casen con una mujer tutsi). Este sistema que, sin ningún
reparo, podríamos llamar de apartheid, hace que los tutsis se dedicen al
comercio y las profesiones liberales, las únicas a las que tienen
acceso.
El
sistema va degenerando hasta que en 1973 un golpe de Estado lleva al
poder al general Juvenal Habyarimana, que alega la inestabilidad para
justificar el golpe. En un primer momento, la nueva dictadura supone
cierto alivio para la comunidad tutsi, a la que se le permiten ciertas
libertades pero en líneas generales la represión continúa. Cinco años
después, Habyarimana impone una nueva Constitución, por la cual, todos
los ruandeses son, desde su nacimiento, miembros del partido único, el
Movimiento Republicano Nacional para el Desarrollo (MRND):
4.- La conexión francesa
Es una dictadura de facto,
pero a Francia no le importa lo más mínimo si le sirve para ampliar su
influencia en la zona. París pretende extender su “área de actuación” y
ha encontrado en Ruanda un lugar perfecto. Así, en 1974 ambos países
firman un acuerdo general de cooperación técnico-militar por el cual
Francia se encargaba de proveer una ayuda en armas que alcanzaba los
cuatro millones de francos al año. Con el tiempo, el régimen de
Habyarimana se hace cada vez más sanguinario, pero eso no impide que
Francia siga manteniendo relaciones privilegiadas con él.
Ya
con Mitterrand en el poder (el mismo que en su famoso discurso de La
Baule aseguró que Francia sólo apoyaría a los países democráticos), los
créditos siguen. De hecho, las relaciones se ven afianzadas por lazos
personales: su hijo Jean-Christophe Mitterrand, al que despectivamente
se le conoce como "Papa m´a dit", es muy amigo de Jean-Pierre
Habyarimana, el hijo del presidente ruandés.
En
los últimos años 80, Ruanda se enfrenta a una grave crisis, tanto
económica como política, y el Gobierno deriva cada vez más hacia el
racismo y la represión, lo que va a desembocar, el 1 de octubre de 1990,
en la invasión llevada a cabo por el Frente Patriótico Ruandés (tutsis)
desde Uganda. A finales de esa década Francia concede a Ruanda un
préstamo de 84 millones de dólares “para el desarrollo", y más tarde, un
segundo préstamo, mediante la Caja Central de Cooperación Económica, de
49 millones “para la realización de diferentes proyectos”. Ambos sirven
al Gobierno de Ruanda para la compra de armas.
El
ataque de octubre de 1990 es el detonante definitivo para la creación
del “hutu power”. El 10 de diciembre de ese mismo año, una revista
extremista, Kangura, financiada por hutus importantes cercanos al
presidente Habyarimana, publica los “Diez Mandamientos del Hutu”; el
octavo era muy explícito: “los hutus tienen que dejar de tener pena por
los tutsis”. Para terminar de exacerbar el odio, en agosto de 1993 nace
la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas (RTLM), creada por
Ferdinand Nahimana, un intelectual fanático amigo de la esposa del
Presidente. Ese mismo mes se firman los acuerdos de paz de Arusha, entre
el Gobierno y el FPR, que establecen el reparto de poder ente hutus y
tutsis. La RTLM se encarga de poner toda la resistencia posible a dichos
acuerdos.
Desde
entonces y hasta 1994 se vive en el país una etapa de guerra de
guerrillas con motivos de las treguas, negociaciones y ataques que van a
ir creando las condiciones para las masacres posteriores. A esto se une
que el ataque del FPR (tutsi) por la zona norte había supuesto el
desplazamiento de más de un millón de hutus que huían de los combates,
gente que se asentó en campos de desplazados que serían un terreno
propicio ara el reclutamiento de voluntarios que iban alimentando un
enorme odio hacia los tutsis y el FPR.
Políticamente,
el país iba a la deriva, hasta el punto de que el ex ministro de
Defensa, James K. Gasana, afirmaría años después que “este periodo se
caracterizó por la desaparición de la administración pública”, y
militarmente, iba peor, ya que en muchas zonas comenzaron las masacres
de tutsis en respuesta a la invasión del FPR.
Francia,
mientras tanto, sigue haciendo que no se entera de nada, a pesar de los
múltiples informes que avisan de la posible debacle del país, y en
febrero, el capitán galo Paul Barril, ex responsable de la célula
antiterrorista de la presidencia francesa se implica, a petición del
ministro ruandés de Defensa, en una misión llamada “operación
Insecticida”. Y esta vez no será sólo una implicación económica o de
armas, sino que va a suponer la participación directa de miembros de las
Fuerzas de Seguridad galas en el país.
5.- Los instructores franceses llegan a Ruanda
Tras
la cumbre de La Baule en 1990, Habyarimana había sido uno de los pocos
que habían aplaudido calurosamente el discurso de Mitterrand asegurando
que la ayuda francesa solo iría para los países democráticos, cosa que
Ruanda, desde luego, no era. Entonces, ¿por qué este apoyo de
Habyarimana a Mitterrand?. Bien, las relaciones entre ellos son
estrechas y el presidente ruandés sabe que, si “se porta bien” con los
franceses, será recompensado. Efectivamente, así es: comienzan los
envíos de armas de todo tipo y, sobre todo, París se ofrece a entrenar
al ejército ruandés.
Según Clauidine Vidal y François-Xavier Verschave
, tras el ataque de octubre de 1990 del FPR, Juvénal Habyarimana , hijo
del presidente ruandés, llama a su amigo Jean-Christophe Mitterrand,
encargado entonces de la célula africana del Elíseo, para pedirle el
envío de algunos centenares de paracaidistas y J. C. Mitterrand acepta
inmediatamente. Además, el coronel Thibaut, un antiguo miembro de los
Servicios Secretos franceses, se encarga de aconsejar a Habyarimana
(padre) durante todo este periodo. Existen
varios testimonios sobre la implicación directa de los soldados
franceses en el entrenamiento de los futuros genocidas hutus. Un
antiguo responsable de los llamados “escuadrones de la muerte”, Janvier
África, declaraba al periodista sudafricano Mark Huband, del Weekly Mail
and Guardian de Johanesburgo: “Los militares franceses nos enseñaron a
capturar a nuestras víctimas y a amarrarlas. Eso era en una base en el
centro de Kigali. Allí era donde se torturaba y donde la autoridad
militar francesa tenía su sede”. Por si fuera poco, en marzo de 1993 se
crea una comisión internacional, instiga por la Federación Internacional
de Derechos del Hombre, sobre las masacres de Tutsis en Ruanda; durante
la misma, un miembro de la comisión, Jean Carbonate, afirma haber visto
instructores franceses en el campamento de Igogwe, adonde “llegaban
camiones repletos de civiles, que eran torturados y asesinados”. Los
informes serían luego confirmados por la Misión Parlamentaria de
Información creada en París. (....)
A pesar de todo esto, en el otoño de 1993, Mitterrand recibe en París,
con alfombra roja y todos los honores, a su amigo Juvénal Habyarimana.
Pero la cooperación entre ambos países llega aún más lejos y a más alto
nivel. En febrero de 1992, el Ministerio galo de Relaciones Exteriores
envía a la embajada de Francia en Kigali una nota según la cual “el
teniente coronel Chollet, ejercerá simultáneamente las funciones de
consejero del presidente de la República, jefe de las Fuerzas Armadas
ruandesas, y las funciones de consejero del jefe del Estado Mayor el
Ejército ruandés”. Es decir, que el responsable de las fuerzas francesas desplegadas en Ruanda se convierte en comandante del ejército ruandés.
En
febrero de 1993, un portavoz del Grupo de Observadores Militares
Neutros de la Organización para la Unidad Africana, acusa a los
franceses de bombardear las posiciones del FPR al sur de Ruhengeri, tras
la gran ofensiva de éstos. El coronel Cussac, adjunto militar de la
embajada de Francia y responsable de la misión de asistencia militar, lo
niega con vehemencia: “las tropas francesas fueron desplegados
solamente sobre la ruta de Tuhengerir para asegurar la evacuación con
toda seguridad de los nacionales franceses y otros occidentales” .
A
todo esto se unió, el 20 de octubre de 1993, el asesinato del
presidente burundés, Melchor Ndadaye –un hutu elegido democráticamente–
por el ejército tutsi, lo que supuso una conmoción en la comunidad hutu.
La guerra estaba servida. Sólo faltaba un detonante, que tuvo lugar
el 6 de abril de 1994. Ese día, el avión presidencial ruandés, pilotado
por tripulación francesa y con el presidente Habyarimana, su homólogo
burundés Cyprien Ntaryamira y otras personalidades a bordo, es derribado
por un misil. ¿Quién ha lanzado ese misil?. No se tiene ningún rastro, pero esa noche comienza el horror. (...)
En
esta situación, ya cuando las cosas se han ido absolutamente de las
manos, lo primero que hacen las autoridades galas es evacuar de la zona a
todos sus nacionales y a algunos miembros muy destacados de la
administración ruandesa, entre ellos la esposa y otros familiares del
presiente asesinado, varios de ellos implicados muy directamente, como
ya hemos visto, con la Radio de las Mil Colinas y la incitación al odio y
al genocidio; es decir, los ideólogos del régimen. Mientras tanto,
miles de ruandeses, algunos de ellos que han trabajado durante años para
las autoridades francesas, son abandonadas a su suerte. Es el caso de
Charles R., ayudante de bibliotecario en el Centro Cultural francés en
Kigali . “Los franceses nos previnieron: ‘Mañana nos vamos’, nos
dijeron, ‘No os podemos llevar, no entra dentro de nuestro mandato’. Yo
pensaba que se trataba de una broma. Jamás pensé que nos pudieran dejar
en manos de los asesinos (...) Ya sabíamos que sí evacuaban a la familia
del presidente Habyarimana (...). Se marcharon llevándose las
provisiones de galletas y de agua. (..) Por suerte llegaron los
militares belgas para preparar la evacuación de sus nacionales. Yo no
osé ni pedirles que nos evacuaran. Si los franceses, para los que
habíamos trabajado tanto tiempo, no nos protegían, no había ninguna
esperanza de que los belgas se interesasen por nosotros (...) Pero al
partir, viendo que nos quedábamos mirándoles, nos dijeron, ‘Venid,
rápido, no os podemos dejar aquí’. (...)”.
Tras
contar su historia completa, Charles R., concluye: “Yo creo que los
franceses estaban al corriente de que se preparaba un genocidio. En el
centro Cultural, nosotros les traducíamos la prensa local, incluido el
periódico oficial del MNRD, Kangura. Les mostrábamos las listas que
circulaban, con los enemigos del régimen. Yo mismo les he transmitido
los mensajes anónimos que incitaban al odio contra los tutsis. ‘Aquí se
prepara algo’, les decía yo. ‘Nosotros somos apolíticos’, me respondían
ellos..
Esta
historia es confirmada por Jean-François Bayart, director del Centro de
Estudios e investigaciones Internacionales (CERI) de París: “El
personal blanco de la embajada, ha sido salvado; el personal negro,
abandonado a los asesinos. Una salvación en función del color de la
piel”.
Una
de las primeras consignas del Elíseo una vez desatado el terror fue
asegurar la evacuación de la viuda y la familia del presidente, además
de otros altos miembros de la administración ruandesa. A su llegada a
París, Agathe Habyarimana, no sólo fue recibida con un ramo de flores
enviado por Mitterrand, sino que el Ministerio de la Cooperación puso a
su disposición 200.000 francos para ayudarla a instalarse.
Muchos
testimonios han asegurado que la mujer del presidente se encontraba muy
unida al trabajo de la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, la
cual, como ya se ha dicho, incitó abiertamente al genocidio, pero esto
no parece ser motivo suficiente par que Mitterrand no la siguiera
tratando como a una respetable primera dama.
Mientras tanto, el apoyo militar continúa. Ante
los éxitos militares del FPR, Francia decide intervenir públicamente,
alegando “razones humanitarias” y el 10 de mayo de 1994, Mitterrand
lanza la idea de enviar tropas fancesas a Ruanda. Se trata de la
operación Turquesa. El 18 de julio, Mitterrand dice: “A partir de
ahora es cuestión de horas y de días (...). Repito, cada hora cuenta”.
Pero la verdad es que el genocidio había empezado varios meses antes.
La
operación Turquesa, una intervención avalada por la ONU consistía, en
teoría, en el envío de 2.500 soldados franceses que debían formar una
zona humanitaria.
Comienza la ‘Operación Turquesa’
En
nueve días, Francia despliega a varios cientos de hombres, miembros de
sus tropas de elite. Su misión es crear la Zona Humanitaria Segura, con
el objetivo teórico de crear un corredor seguro para facilitar la
evacuación, pero son muchos los que afirman que la única intención era
permitir a los principales responsables del genocidio escapar hacia
Zaire. Esta idea es confirmada por unas notas del entonces primer
ministro galo, Edouard Balladur, que no se muestra de acuerdo con la
actuación de Mitterrand. “Para el presidente Mitterrand no se trataba de
castigar a los autores hutus del genocidio; para mí no se trataba de
que estos pudieran ponerse a salvo en Zaire”.
De
hecho, algunos de los testimonios de supervivientes tutsis han
asegurado que los soldados galos entregaban hombres a los hutus y que
ellos mismos cometieron asesinatos y violaciones .
La
operación es minuciosamente detallada por Roméo Dallaire, el general
ecargado de la Misión de Asistencia de la ONU que estuvo en ruanda entre
1993-1994. En un libro publicado unos años después de salir del
infierno, y tras serios problemas de salud debido a lo que había visto y
vivido en el país africano, Dallaire tuvo el suficiente valor para
escribir un libro en el que arremetía contra todos –la ONU, EEUU, la UE,
los franceses...– por su absoluta dejadez e indiferencia ante lo que se
preparaba en Ruanda. En ese libro, Shake hand with the devil , Dallaire
se refiere a la operación francesa como la “Invasión Turquesa”, y dice
de ella: “ ... Más tarde me di cuenta de que un buen número de los
oficiales que formaban parte de la operación Turquesa eran militares
franceses que trabajaron como consejeros del RGF (el ejército ruandés)
hasta el principio de la guerra. ¿Cómo iba a sentar su presencia al FPR,
que sospechaba que la operación francesa no era solamente humanitaria?.
“Pronto,
los medios franceses comenzaron a emitir entrevistas con soldados
franceses que se mostraban sorprendidos al ver que eran sus aliados (los
hutus) los que estaban cometiendo los crímenes y las masacres, y no el
FPR, como a ellos les habían dicho. Pronto, algunos de ellos
comprendieron la horrible responsabilidad de los ‘pacemakers’ en un
genocidio”. En definitiva, Dallaire critica la actitud y la toma de
posición francesa, claramente a favor de las fuerzas gubernamentales a
pesar de que iban, teóricamente, en misión de paz y por un mandato de la
ONU.
Mientras
tanto, el FPR siguió avanzando, y el 4 de julio la capital cayó en sus
manos, dando comienzo entonces al genocidio a la inversa: los tutsis
cargan contra los hutus, que se ven obligados a abandonar el país.
Diez
años después, el presidente ruandés, el antiguo líder del FPR, Paul
Kagame, se atrevió a acusar a las autoridades francesas de apoyar de
forma directa el genocidio . En una entrevista en la emisora francesa
Radio France Internacional, en marzo de 2004, Kagame aseguró que
disponía pruebas de la participación directa de “elementos franceses” en
el genocidio, y afirmó que “apoyaron, facilitaron armas y dieron
órdenes a los genocidas hutus”. Además, exigió justicia: “No existe
ninguna duda de que franceses estuvieron implicados en el genocidio
ruandés y en algún momento deberían responder por sus actos, ya sea ante
un tribunal francés o ante el Tribunal Internacional de Justicia”.
En
respuesta a estas acusaciones, Francia contraataca responsabilizando al
propio Kagame de las matanzas. Además, un tribunal francés acusó al
actual presidente ruandés de estar detrás del atentado que costó la
vida, en 1994, a los entonces presidentes de Ruanda y Burundi.
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