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Archivos Mayo 2011

Mientras toda España tenía los ojos puestos en Sudáfrica -a través de la pantalla del televisor-, Rafael Cabanilas recorría la parte oeste del continente del mismo nombre dejando que fueran los africanos, grandes aficionados al fútbol, quienes le pusieran al día sobre los avances de la roja.

Acompañado de su mochila y un guía, Tourbate, -que más que guía era amigo-, Rafael recorrió casi 4.000 kilómetros conociendo lugares remotos, y no tan remotos, de Togo, Benín, Burkina, Ghana y Costa de Marfil. Cargado siempre con la cámara y su pequeño bloc de notas, el autor fue recogiendo vivencias, retratos, paisajes y acontecimientos para ofrecérnoslos ahora en su último libro, 'Hojas de Baobab'.

Un libro de viajes en el que comparte con el lector los usos y costumbres de quienes, por unos meses, fueron sus anfitriones. Desde aspectos rutinarios, como la preparación de la comida o el cuidado de los niños, a rituales ancestrales, como la 'escarificación', (heridas que dejen una cicatriz como señal de pertenencia a la tribu, práctica que etá, felizmente, en vías de extinción) o las sesiones de medicina alternativa, que experimentó personalmente y, según cuenta, fueron "mano de santo" para su riñón.

El libro se adentra por la zona que habita el pueblo Tamberma, sin duda una de las civilizaciones más interesantes de África y cuyas construcciones han sido declaradas por la ONU Patrimonio de la Humanidad; recorre las porosas fronteras de estos cinco países tan estrechamente unidos entre sí, y frecuenta las estaciones de autobuses como la de Wa, "una explanada de tierra con una caseta donde se despachan los billetes, un cartel publicitario y un par de bancos par la espera", aderezando las descripciones con anécdotas y contratiempos que nos recuerdan que, si bien en algunos lugares la África de los 60 que contaba Kapusckinsky no ha cambiado demasiado -"Saldremos cuando el autobús se llene", "No arranca, por mucho que la empujen, no arranca"-, en otros se han registrado brutales cambios de la mano de las nuevas tecnologías, la inversión china o la cooperación al desarrollo.

Típicas construcciones de los Tamberna, los grandes albañiles
de África. Foto: © Rafael Cabanillas

 Una 'radiografía' africana que se completa con unas líneas de historia, imprescindible para que el lector pueda tener en su cabeza el cuadro completo de los países que se tratan. Tan sólo unas pinceladas, lo mínimo para empezar a entender esta zona con historias tan complicadas como la de Costa de Marfil, país al que finalmente el autor no llegó a entrar, en una decisión de última hora tomada cuando ya enfilaba la frontera y después de pagar el enésimo peaje, en este caso, 5.000 Cfas a las Forces Armées Ivoiriènnes. Hace de esto 12 meses, pero ya entonces escribía Rafael "que la guerra estaba próxima". Premonitorio, sin duda, pero me cuenta que sólo hacía falta conocer un poquito el país, para saber lo que iba a pasar.

"Hubo momentos duros", reconoce el autor, que el pasado jueves presentó su libro en la tienda National Geographic de Madrid, "pero sin duda mereció la pena". Igual que merece la pena leer este relato, para conocer así a Tourbate, cuyo nombre quiere decir, precisamente "hojas de baobab", -un nombre raro pero para el que su madre tenía sus motivos-; o al rey que quiere saber qué es eso de Internet; a las mujeres que viajan juntas desde Costa de Marfil a Burkina para enterrar a su marido, o al barquero que no sabía leer..  Un viaje lleno de historias, de paisajes y de anécdotas, pero sobre todo, "de personas que te llegan al corazón, que te dan una lección de humanidad". 

* Rafael Cabanillas es el artífice del proyecto 'Cine para África', del que ya hablamos en su día en el blog.

No puedes cambiar el mundo, pero puedes ayudar a mejorarlo”.  Esta idea resume bien el espíritu de Cristina y Angie. Angie y Cristina, un tándem que se compenetra a la perfección y que poco a poco, sin pretensiones y sin prisa, pero también sin pausa, ha conseguido dar forma a un sueño, sacarse una espinita que se les quedó clavada cuando viajaron a Malawi.


La cosa comenzó hace poco más de un año, en marzo de 2010 cuando Angie y Cristina, ambas periodistas, fueron invitadas por Manos Unidas a conocer varios proyectos en Malawi.  “¿Mala-qué? Cuando me lo dijeron, no era capaz de situarlo en el mapa, y de hecho lo confundí con Mali”, explica con sinceridad Angie, para quien el viaje supuso un cambio radical. “Al principio no estaba segura de si quería ir y he vuelto tan impactada que sólo pienso en volver"-.


[Algunas de las niñas del orfanato de Chezy, en Malawi.

Foto: Kusekera Malawi]


Malawi es uno de los países menos desarrollados de África y tiene una población eminentemente rural y muy empobrecida.  Entre sus muchos problemas, dos son los principales: una profunda crisis alimentaria -a la que lleva años haciendo frente- y la brutal prevalencia del Sida, enfermedad que, como en otro países, ha creado una doble ‘generación perdida’: la de los hombres y mujeres muertos al poco de convertirse en adultos, y la de los miles de niños huérfanos.


Fueron nueve días de visitas a proyectos. Proyectos independientes que, puntualmente, reciben la financiación de Manos Unidas. Entre ellos, un pequeño hospital rural, un centro para atención a personas con Sida, un proyecto de irrigación agrícola y finalmente, un pequeño orfanato situado en Chezy, en el distrito de Dowa. Un lugar regentado por dos monjas españolas y tres indias en el que viven 120 niños  y desde el que se ofrece alimentación y educación a otros 1.000, también huérfanos, pero que han podido ser acogidos por un familiar.


Allí estuvieron Cristina Sánchez y Angie Conde, cámara y micrófono en mano para conocer de cerca las necesidades de cada uno de estos proyectos. El objetivo era lanzar una campaña a través de la cual se recogerían fondos para dichas iniciativas. Pero a la vuelta, nada fue como ellas se esperaban.  Al poco de regresar, cuando andaban ya montando los vídeos, sus cadenas de radio y televisión decidieron suspender la campaña. Vino entonces la rabia y la frustración. El enfado por tener que dejar a medias el trabajo. La desilusión que imaginaban al otro lado del ordenador, cuando dijeron que la campaña no salía adelante; que las cosas que habían pedido desde Malawi, probablemente nunca llegarían.  Y la desilusión se convirtió en apatía, como tantas otras veces, como tantas otras personas… hasta que un día, cansadas ya de intentar cambiar el mundo desde una mesa de bar, decidieron empezar por ayudar a mejorarlo. Poniendo su granito de arena. “Por intentarlo que no quede”, dice hasta en tres ocasiones Cristina, con voz firme y enérgica.


Tenían claro que iban a hacer algo, pero ¿qué? En un primer momento, se fueron, sin paños calientes, a pedir dinero a amigos y conocidos. Y no les fue mal, ya que en Navidad pudieron enviar los primeros 2.000 euros al orfanato [El objetivo es mandar dinero, no los alimentos, para no afectar a los comerciantes de la zona]. Pero luego pensaron en organizar algo. Corría el mes de noviembre cuando un amigo, cantautor para más señas y de nombre Manuel Cuesta, les propuso la idea de hacer un concierto. Tardaron… unos tres segundos en decir que sí  y ponerse manos a la obra.



Comenzó entonces lo verdaderamente difícil: buscar a los artistas, encontrar una sala, negociar los precios, diseñar el cartel, promocionarlo… Pero, de repente, todo lo que parecía imposible se convertía en fácil, aparecía gente de la nada dispuesta a ayudar y al todo el que le pedían algo aceptaba de buena gana. “Es increíble, porque nadie nos conoce, no somos una ONG ni una asociación de prestigio y no tenemos ninguna trayectoria en temas como éste, pero el caso es que nadie nos ha puesto ni una pega en nada, al contario”.  Y la cosa ha ido rodada, gracias al boca a boca y al apoyo de muchos amigos. Aunque también ha habido momentos de crisis, “porque somos nosotras dos, no tenemos ninguna infraestructura detrás, y hay que organizar muchísimas cosas”, cuenta Cristina. 


 Aún más sorprendente es que la gente se ha volcado en donaciones anónimas, apoyando con confianza ciega esta iniciativa que no tiene más referencias que la palabra de dos chicas que todavía no han cumplido los 30. Bueno, eso, y mucha transparencia: basta hablar con ellas para saber casi céntimo a céntimo a qué se dedica cada uno de los 10 euros que cuesta la entrada del concierto (15, si es con CD) y  qué parte se podrá enviar a Malawi. Dinero que irá directamente a las arcas del proyecto Rainbow, el pequeño orfanato de Dowa, para procurar alimentos y educación a ese millar de niños que dependen de ello.

 

Y esta es la historia de 'Kusekera Malawi- Sonríe Malawi', el concierto que se celebrará el próximo 23 de mayo, en la Sala Galileo-Galilei en Madrid y en el que podremos disfrutar de Marwan, Andrés Suárez, Luis Ramiro, Esmeralda Grao, Míguez, Manuel Cuesta y Cronopios a partir de las 21.00 horas.


Las entradas se pueden comprar por Internet o escribiéndolas directamente a través de su blog, donde además encontraréis mucha más información sobre el proyecto y el orfanato de Chezy.




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