Guinguinbali
Julio 4, 2011

Nunca es bueno cuando los ojos de los hombres son testigos de cosas que nunca antes se habían visto


Tambores_memoria.jpg«Nunca es bueno, Fadel, cuando los ojos de los hombres son testigos de cosas que nunca antes se habían visto», esta frase entresacada de «Los tambores de la memoria» (Gran premio de las letras de la República de Senegal en 1990) refleja, quizás, uno de los objetivos del autor al escribir esta novela. Nos situamos en Senegal, un tiempo después de la salida de los franceses, cuando su sociedad ya se ha dado cuenta de que esos sueños de prosperidad tras convertirse en un país independiente no se han cumplido; y tampoco se puede dar marcha atrás, no se puede impedir que hayan llegado unos colonizadores, cuyo paso fue tan destructivo, que tal vez hubiese sido mejor nunca haberlos visto.

 

Boubacar Boris Diop (Dakar 1946) refleja en su novela el desencanto que muestran muchas novelas africanas de escritores de su generación, una realidad que empieza por un déspota en el poder que ha sido respaldado por Francia y que convierte a su régimen en el más podrido y sanguinario que puede imaginarse, y en donde los oportunistas vinculados al partido único han conseguido vivir en grandes mansiones («porque si quieres ser respetado no te queda más remedio que llenarte los bolsillos») mientras la mayoría del pueblo se muere de hambre.

 

Esta es la realidad de la que trata de huir un pequeño asentamiento del este del país, Wissombo, separada  40 km de la principal ciudad de la región, Dinkera, ese otro mundo ajeno a los habitantes de Wissombo al que antiguamente había que llegar a pie en dos o tres días a costa de mil peligros. Para los habitantes de Wissombo, Dinkera a tan sólo 40 km, era otro mundo (¿que le vienen a contar entonces de país?, ¿qué concepto es ese?). Y es en Wissombo en donde nació la leyenda de la reina Johanma, «Diosa de la Lluvia, ni muerta ni viva, viva pero invisible, muerta pero visible, que aparecerá un día entre los innumerables días del Tiempo aportando con ella, de nuevo, la Prosperidad y la Justicia para los suyos».

 

Fadel, el protagonista principal, odia todo lo que su padre representa (Madické Sarr, uno de esos oportunitas vinculados al partido único) y para huir de él abandona Dakar en busca de la reina Johanma, en busca de la liberación de su pueblo y de su propia liberación. A medio camino entre la realidad y la ficción, entre el pasado y el presente, Boris Boubacar Diop nos habla de los temas que marcan y marcaron a toda su generación: El despotismo de los colonizadores, los negros que se sometieron y se humillaron frente a los franceses pero que sin embargo continuaron su obra, la falta de principios de los políticos, la carencia de sentimiento nacional en unas naciones impuestas, las creencias animistas en brujos y hechiceros, la servidumbre de la mujer, el desencanto de los jóvenes, la pobreza y la búsqueda de la justicia, la dignidad y la libertad.

 

¿Y los jóvenes? Los jóvenes como Fadel y su hermano Badou, los jóvenes que desprecian a sus mayores, «que nos acusáis ­--dice Madické Sarr-- sin imaginar los sufrimientos que hemos soportado, las humillaciones que hemos aceptado por nuestros hijos y por nuestra patria» ¿qué ocurre por tanto con los jóvenes? ¿Cómo podrán reconducir las cosas inevitables que sus ojos ya han visto?

 

 

Tres preguntas a Boris Boubacar Diop

 

  1. Siempre sorprende a los occidentales la influencia de la brujería, los hechiceros y los griots en la sociedad africana, tanto en las clases más populares, como en muchos de sus dirigentes. En la novela critica abiertamente a estos hechiceros tratándolos de estafadores y oportunistas, pero sin embargo, la leyenda de la reina Johanma, que podría también estar en el ámbito de lo irracional para una mentalidad occidental, cobra mucha fuerza positiva en tu novela ¿Hay o no contradicción en esta doble visión de lo sobrenatural?

 

 Fadel Sarr, el personaje principal de la novela, es un anarquista, un libertario. El profesa un profundo desprecio por todas las convenciones sociales. A sus ojos, su padre es la encarnación de un sistema político opresivo y de prácticas sociales irracionales y completamente absurdas. Fadel y su hermano, Badou, que tiene fuertes convenciones marxistas, representan una nueva generación, más abierta al mundo moderno. Pero hace falta comprender que hay dos niveles de temporalidad en «Los tambores de la memoria». De hecho, todo lo que concierne a la reina Johana se sitúa en los años 30, por tanto en un pasado relativamente lejano. Creé a Johanna a partir de una gran figura de la historia senegalesa, Aline Sitoe Diatta, una celebre resistente a la penetración colonial francesa. En el marco político que le tocó vivir, las prácticas místicas no tenían nada que ver con la vulgar charlatanería. Aquí estamos en el corazón de la espiritualidad de una nación agredida y desestabilizada por los conquistadores extranjeros y la reina Johanna comprende muy rápido que se trata sobre todo de un combate cultural, que contra un enemigo más fuerte militarmente, los mitos generan solidaridad y dan asimismo la fuerza de hacer frente victoriosamente a esa gran prueba. Como diría Cheikh Hamidou Kane (uno de los más reconocidos escritores senegaleses -nota del entrevistador-), la reina Johanna trata de ayudar al pueblo de Wissombo a poner su alma en lugar seguro.

 

  1. Me ha parecido curioso que esta novela esté ambientada en Senegal, sobre todo por la insistencia en un régimen, simbolizado por el general Adelezo, déspota sanguinario y podrido. Sin embargo, la imagen del primer presidente senegalés tras la independencia, el intelectual Leopold Sedar Senghor, no coincide precisamente con la del general Adelezo ¿Por qué, por tanto, has ambientado la novela en Senegal?

 

 

  Es una pregunta extremadamente interesante. Senegal es uno de los raros países africanos en donde jamás ha habido ni dictadura militar ni golpe de estado, y yo, novelista senegalés, invento a un General Adelezo que no tiene nada que ver con mis vivencias políticas reales. ¿Cómo explicar esta paradoja? Debo admitir que he escrito esta novela en un periodo de mi vida donde, como muchos de los intelectuales africanos -incluso todavía hoy-, tenía una lectura muy globalizadora de la historia de África. Quiero decir que hablando de un país africano en particular, yo le daba el trato de otros países del continente radicalmente diferentes del país elegido. Sí, tienes razón, es raro meter en el mismo saco a Senghor y a Mobutu. A pesar de las serias críticas que se le pueden hacer al primero, no era un tirano sanguinario a la cabeza de un régimen corrupto. Debo añadir que Senghor no me ha servido de modelo para el personaje del general Adelezo. En cualquier caso, podría ser un error de perspectiva, yo sé que puede ser difícil de comprender desde un continente europeo donde cada país, hasta el más insignificante, es celoso de su singularidad y no asume más que su propia historia. Durante largo tiempo he funcionado bajo este curioso paradigma negando toda identidad a unos países africanos que sin embargo son tan diversos en sí mismos. Los «Tambores de la memoria» es una novela de juventud, representa un periodo de mi recorrido intelectual, si la escribiera hoy, procedería de manera diferente, situándolo fuera de Senegal o describiendo el contexto político con un poco más de precisión.

 

  1. En tu libro «África más allá del espejo»  empiezas realizando un ensayo sobre Rwanda en donde demuestra la vergonzante complicidad de los franceses con el genocidio de los hutus sobre los tutsi. Después críticas abiertamente a Senghor por su política colaboracionista con los franceses. Y en otro capítulo posterior criticas ferozmente el discurso de Sarkozy en Dakar, un discurso que clasificas de Negrofobico. Sarkozy afirmó en su campaña electoral que Francia no necesita a África, independientemente de lo inadmisible de esa afirmación, ¿y África?, con este pasado  Francia-África que reflejas en ambos libros, ¿África necesita a Francia?

 

 borisdiop_africa.jpgVoy a responderte con una pregunta muy simple: ¿No es sorprendente escuchar al presidente de un país tan rico como Francia decir que Francia no necesita a África? Sus palabras son al mismo tiempo una confesión y una mentira: jamás París ha tenido tanta necesidad de los recursos de África (el petróleo de Congo Brazaville y de Gabón, el uranio de Niger, por citar nada más que dos ejemplos). Muchos intelectuales africanos han reaccionado frente al Discurso de Dakar de Sarkozy, pero como podemos ser sospechosos de parcialidad, yo prefiero redirigir a los escépticos al reciente documental de Patrick Benquet, «La Franceafique, 50 años bajo sello secreto», y a la obra «Camerun, una guerra secreta en los orígenes de la france-afrique», de Delthombre, Domergue y Tatsitsa. Sin los recursos y el peso que estos clientes africanos  aportan a Francia y a la ONU, Francia seria actualmente una potencia media, menos dotada que Italia y en todo caso muy lejos de Alemania. Todo esto muestra muy bien que la idea de una Francia que se porta generosamente al rescate de los pobres países africanos es una broma de muy mal gusto. Los estados no tienen corazón, funcionan con la cabeza y el sentido común no les lleva de ninguna forma a ocuparse del desarrollo de los otros estados. Esto nunca se ha visto en la historia de la humanidad y un sistema de explotación que se disimula con el velo de la ayuda al desarrollo no es sino un lobo disfrazado de abuelita

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Marzo 19, 2011

Viaje al corazón de lo verdadero


volardenoche.jpgFrancisco de Zárate es un tipo que se hace preguntas, como la buena literatura, que es aquella que plantea preguntas. Digamos que de Zárate y la literatura son eso que estudiamos en económicas: los bienes complementarios, Francisco y la literatura son bienes, y además complementarios, como el café y la leche, como el lápiz y el papel. Un día (anterior a las oleadas de 2006) Francisco de Zárate se preguntó por qué venían las pateras de Marruecos a Canarias, y su afán de periodista no se contentó con leer o escuchar las explicaciones de otros --quizás le parecían insuficientes--, sino que se fue él mismo a investigarlo, él mismo a la búsqueda de las respuestas, porque como ya dije antes, Francisco de Zárate se suele hacer preguntas, y a mí eso me parece admirable, que uno vaya en busca de sus respuestas, por encima de todo.

 

Así que Francisco cogió unos pocos bártulos y se fue a un pueblo en el sur de Marruecos, Tleta Sbouya, cerca de Guelmim, de donde salían muchos de los inmigrantes que llegaban a Canarias. Francisco llegó a ese pueblo (dos docenas de casas, una única calle asfaltada, un puesto de correos y diecinueve antenas satélites) sin conocer a nadie: a una cultura distinta, a gentes con una educación distinta, con una lengua distinta, Francisco se bajó de una guagua polvorienta con su mochila a la espalda, y se puso a buscar alojamiento. 

   

La experiencia de las cinco semanas que pasó en Tleta Sbouya en 2005 nos la cuenta en su interesantísimo libro «Volar de noche, un viaje al corazón del emigrante», un libro que se sitúa en la senda de autores como Kaplan o Kapucinski, un libro escrito por un verdadero periodista. En su trabajo de investigación, Francisco de Zárate nos muestra las verdaderas razones por la que los marroquíes huyen en patera, unas razones tan distintas de las que él había imaginado, y que, según el autor, tienen mucho que ver con las diecinueve antenas satélites, con la falta de expectativas, con el nihilismo y con el omnipresente control y presión policial. Detrás de cada una de estas razones hay una magnífica explicación que de Zárate nos muestra en su libro, y que de alguna forma anticipa mucho de lo que sucede hoy en los países árabes (el 68% de los árabes tiene menos de 30 años, y la mayoría no sabe qué hacer con sus vidas, dice El País del 6 de febrero de 2011 a raíz de los incidentes en Túnez y Egipto).

 

Fue Francisco de Zárate quien me recomendó leer «Todos de los hermosos caballos», de Cormac McCarthy (sobre el que escribí un brevísimo comentario). Durante la presentación, de «Volar de noche...» el presentador, Juan Manuel Betancourt, dijo que Francisco tenía fuego en la mirada, y es cierto que lo tiene, un fuego que se plantea preguntas, un fuego que busca respuestas, un fuego capaz de comprender la conclusión del libro de MaCarthy: «sólo sé que si no aprende a valorar lo verdadero de lo útil no importaría mucho que viva o no» y Francisco de Zárate (por este libro y por otras muchas cosas más) ha aprendido a valorar eso.

 

 

www.pablomartincarbajal.com

 

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Febrero 10, 2011

Mauritania, y el cielo se ha olvidado de llover

elcielosehaolvidadodellover.jpgEl cielo se ha olvidado de llover, "Et le ciel a oublié de pleuvoir" , lástima que esta interesantísima novela de Mbarek Ould Beyrouk no esté traducida al español, porque en ella se muestra, de una manera magnífica, los problemas, -gravísimos problemas-, que enfrenta la constitución de un estado nación que se llama Mauritania. Tras leer este libro nos podemos hacer la siguiente pregunta: ¿Debería existir un país llamado Mauritania? , probablemente la respuesta sería no, si es que hay alguna respuesta posible.

 

Durante la pasada edición del Salón Internacional del Libro Africano (SILA) le pregunté al autor de "Et le ciel a oublié de pleuvoir": Mbarek, ¿podría hacernos, a este conjunto de occidentales que estamos en la sala, un brevísimo resumen sobre la tribu a la que pertenece?, y él me contestó que pertenecía a una confederación de tribus, los Tikna, nómadas, que habían habitado desde la región de Guelmin hasta Tombuctú, y que desde Guelmin hasta Tombuctú, entre los suyos, él se sentía como en casa. Y yo dije a la audiencia, increíble, una confederación de tribus que pasa por cuatro fronteras: Marruecos, «Sahara Occidental», Mauritania y Mali. No has entendido nada ―me corrigió con acierto―, para los Tikna no existen las fronteras, no vivimos en países, mi única patria es mi tribu, nada más.

 

Y tiene toda la razón, ¿a cuenta de qué los colonizadores impusieron las fronteras?, la constitución de los estados nación sobre una sociedad tribal basada en una fuerte estratificación en castas: los bidan, los griots, los marabuts, los esclavos, los artesanos, los blancos, los negros...Ahora resulta que estas tribus tienen que regularse por un estado nación, y según las reglas impuestas por éstos: esa palabreja que llaman democracia. Pero esto que sigue es lo que dice Bachir, uno de los protagonistas de la novela, el jefe de la tribu de los Ould Ayat: "A nosotros qué nos importa la democracia, los partidos, el pluralismo, la constitución, esa chusma que manda en el país odia nuestra historia, nuestras tradiciones, nuestro trabajo de siglos, quieren eliminarnos pero no pueden, porque nos necesitan, porque poseemos símbolos, riquezas, somos venerados por la gente, pero no nos queda más remedio que jugar con ellos, con todos estos imbéciles, a esta obra ridícula que se llama la democracia".

 

Y también está el resentimiento, esos que fueron esclavos y que ahora son libres, Mahmoud, el esclavo que vio como sus antiguos amos violaban a su madre todas las noches, ahora con la democracia, siendo un cargo del ejército, sólo quiere vengarse de sus antiguos amos y de todo lo que ellos representan. Y Lolla, la esclava ahora libre, que huyó de la tribu porque estando enamorada de otro esclavo, Ahmed, no quiso acceder a casarse con Bachir, el jefe de la tribu, la tradición que enorgullecía a los padres de Lolla y que sin embargo ella detestaba...

 

―¿Y los sueños? ―le dice Lolla a Ahmed―, ¿por qué quieres que abandonemos nuestros sueños?
―Los sueños están muertos, Lolla, es la tribu quien los ha hecho desaparecer.
―¿Y por qué debemos aceptar las sentencias de la tribu, Ahmed?
―Porque es la voluntad de Dios, todo está escrito
―No Ahmed, nada está definitivamente escrito, y si lo estuviera, los escritos se borran.

 

Y dice Bachir: «Lolla pone en peligro todo lo que somos», como si Lolla fuera el final del aquellos tiempos, y la llegada de estos otros en las tribus del desierto, otros nuevos tiempos tan difíciles, tan inciertos, tan contracorriente...

 

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mauritaniacontravientos.jpg(Y para tener una idea de lo difícil que fue crear el estado mauritano nada mejor que "La Mauritanie contre vents et marées" biografía de su primer presidente Moktar Ould Daddah)

 

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Febrero 3, 2011

¿Qué sucede en Costa de Marfil?


abidjan-le-plateau.jpgEl Islam penetró en el África negra a través de las caravanas de camellos que cruzaban el desierto. Los árabes vendían sal y compraban esclavos. Toda la franja del Sahel quedó islamizada, pero no se expandió  hasta la costa atlántica, que siguió siendo en su mayoría animista, hasta que llegaron los colonizadores e introdujeron el cristianismo. Cuando se abolió el comercio de esclavos la principal riqueza de África pasó a ser sus materias primas, los europeos entraron por diferentes puertos del golfo de Guinea, se repartieron los territorios y construyeron carreteras desde la costa animista hacia el interior musulmán (que es donde se producían las materias primas) para poder sacar por barco la mercancía cultivada en el interior.  Por eso los países de la zona son estrechos y alargados, interesaba más la expansión vertical que la horizontal (Kuma, de Ferrán Iniesta, ed. Bellaterra): Costa de Marfil, francés. Ghana, inglés. Togo, alemán. Benin, francés. Nigeria, inglés. Camerún, alemán. La frontera la marcaba la nacionalidad europea invasora que  además, absorbieron en sus nuevos países etnias que podían ser amigas o no, territorios y tribus africanos unificados antes de la llegada de los europeos fueron separados por fronteras artificiales. El escritor marfileño, Ahmadou Kourouma lo muestra perfectamente en su fantástica novela Los soles de las independencias, donde un rey de la etnia malinké debe pasar controles fronterizos impuestos por los europeos para moverse en su propio territorio. Cuando llegó el teórico fin de la colonización, los europeos posicionaron como líderes en cada país a africanos europeizados, y les dijeron: ahora organizaros como en Europa, cread estados nación. Y claro, misión casi imposible, era peor el remedio que la enfermedad, casi como rehabilitar un edificio antiguo, a veces es mejor tirar todo y construir de nuevo que parchear sobre lo dañado.

 

La principal consecuencia de todo esto es la falta de sentimiento nacional en los jóvenes países africanos. Históricamente las poblaciones africanas han estado organizadas frente al concepto de tribu, no frente al concepto de estados nación impuesto por los europeos. Cuando una tribu, una familia, una colectividad (la unidad social en África es el grupo, no el individuo, que no tiene valor en sí) alcanza el poder en unas elecciones, su principal misión será distribuir a los miembros de su colectividad, y no tanto trabajar por todos los habitantes de esos países artificialmente creados. En la pasada edición del Salón Internacional del Libro Africano en Tenerife le pregunté a Diego Gómez Pickering sobre el capítulo de su libro Los jueves en Nairobi que hablaba sobre los incidentes ocurridos en las últimas elecciones en Kenia: ¿Un miembro de la etnia luo puede votar a un candidato de la etnia kiyuku? Su respuesta fue: puede hacerlo, pero nunca lo hará. Estar en la oposición no tiene sentido en África, el que pierda unas elecciones no tendrá la capacidad para cumplir con los suyos y poder redistribuir entre ellos, y por ello querrá agarrase al poder sea como fuere. La africanización de la política, cómo las poblaciones africanas adaptaron a su cultura un sistema impuesto (África Camina, de Chabal y Daloz, ed. Bellaterra).

 

            Todo esto está muy relacionado con lo que está ocurriendo en Costa de Marfil en la actualidad, un país formado por más de 60 etnias (y 60 lenguas). De una manera muy simplificada podemos decir que son los senufo y los mande (entre ellos los malinké y los diula) en el norte. Los kru (entre ellos los beté) en el oeste. Y los akan en el centro sur. Además de un porcentaje altísimo (25%) de inmigrantes procedentes de otros países (y etnias) que llegaron a Costa de Marfil atraídos por las explotaciones de cacao (y por las palabras de Houphouëte Boigny -el primer presidente tras la independencia- que proclamó que la tierra marfileña era de quien la trabajase). Para añadir complejidad a esta composición étnica, el norte es musulmán y el sur cristiano.

 

            Lo cierto es que todas estas etnias vivieron en una moderada armonía durante los treinta años de presidencia de Houphouëte Boigny, bajo un sistema de partido único y durante los cuales el país alcanzó importantes cotas de crecimiento. Todos los conflictos comenzaron cuando se permitió el multipartidismo, en donde se empezó a identificar partido con etnia (y religión). En este proceso se proclamó el concepto de «marfilidad», consecuencia de la gran cantidad de extranjeros existentes en el país, era un intento de definir quiénes eran realmente marfileños y quiénes no (y de definir la propiedad de la tierra: de los inmigrantes que se asentaron a trabajarla o de los locales). Los dos candidatos enfrentados desde las elecciones del pasado mes de noviembre, Alassane Ouattara, de la tribu dioula, es el candidato del norte musulmán, y Laurent Gbagbo, de la tribu beté, es el candidato de los cristianos del sur. Este conflicto entre ambos data desde 1993, fecha de la muerte de Houphouëte Boigny. En las elecciones de 2002 que provocaron la guerra civil, el acuerdo de pacificación que se optó fue similar a lo que suele ocurrir en muchos casos parecidos en África: propiciar un reparto de poder para contentar a todos (en las últimas elecciones de Kenia y Zimbabwe ocurrió lo mismo cuando tras los resultados electorales que proclamaban ganadores y perdedores estallaron las revueltas, y la solución fue repartir el poder -y por tanto la capacidad de los candidatos para redistribuir entre sus allegados-). En Costa de Marfil, tras los problemas ocurridos en el 2002, Gbagbo ofreció el puesto de primer ministro a Guillaume Soro, musulmán de la etnia malinké, líder de las fuerzas del norte y hombre fuerte de Ouattara.

 

            Los tiempos poco a poco van cambiando, hay países africanos que empiezan a consolidar su democracia (Cabo Verde, Ghana entre otros). Cada vez la individualidad está adquiriendo más auge en las capitales africanas, la tasa de crecimiento del PIB del continente es superior al 5% anual. Pero lo cierto es que el modelo occidental de estado nación no se adapta a la mayoría de los países africanos. Pero los cimientos de la historia pesan más sobre el pragmatismo, y hoy en día África y los africanos lo que necesitan es encontrar  soluciones pragmáticas que se adapten a sus realidades. En Costa de Marfil no las están encontrando.

 

            Quien lea las novelas de García Márquez, de Juan Gabriel Vásquez o de Vargas Llosa puede conocer las dificultades que tuvieron los nuevos países latinoamericanos, las múltiples batallas que se produjeron desde la salida de los colonizadores españoles hasta ir consolidando sus estados (y sus economías). El año pasado los países latinoamericanos cumplían doscientos años de independencia. Quien lea las novelas de Alfonso García Ramos, de Rafael Arozarena y de otros escritores canarios también podrá apreciar la pobreza extrema en la que vivía Canarias hace cincuenta años. Los países africanos cumplieron el año pasado tan sólo cincuenta años desde sus independencias. Dentro de otros cincuenta, cuando tengan cien años de independencia, Canarias seguirá situada a cien kilómetros de sus costas.

 

 

Foto: Abidjan, principal ciudad de Costa de Marfil

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Septiembre 13, 2010

Ahmadou Kourouma y el SILA

De todos los escritores africanos que he leído hasta ahora, Ahmadou Kourouma (Costa de Marfil 1927 - Lyon 2003) me parece el más interesante (con permiso del surafricano Coetzee y su obra maestra «Desgracia»). Al menos así lo he percibido tras la lectura de dos obras suyas: «Los soles de las independencias» ―1970― y «Esperando el voto de las fieras» ―1994―, dos novelas muy recomendables que nos sumergen en la realidad de África guiados por la mano sabia de la buena literatura. ¡Ay la literatura!, esa gran olvidada, leer novelas, dice Philip Roth, es un placer profundo y singular, una apasionante y misteriosa actividad humana... frase a la que Juan Gabriel Vásquez añade, en su ensayo «El arte de la distorsión», a los adjetivos apasionante y misteriosa otro más: minoritaria: «el interés de estas sociedades por la escritura imaginativa se ha visto desplazada a la periferia de sus preocupaciones...» Me acabo de ir por la tangente pero es verdad: esa África enorme e inabarcable, que tenemos tan cerca, esa África para muchos misteriosa, para casi todos desconocida, esa África a la que podemos acercarnos por esta actividad apasionante, misteriosa y, desgraciadamente minoritaria, que es la literatura.

 

Ahmadou Kourouma nació en Costa de Marfil, pertenecía a la etnia Malinké, su protagonista en «Los soles de las independencias» es el viejo Fama, príncipe Malinké, último descendiente de la dinastía Doumbouya, del territorio del Horodougou, la tierra de los malinkés y por la que Fama no puede circular libremente porque tras la colonización europea y las independencias forzadas de las que surgieron los nuevos países africanos, su territorio, el Horodougou quedó dividido en dos repúblicas. Lo inexplicable -se lamenta Fama-, no podía cruzar la frontera sin su tarjeta de identidad, ¿lo había oído bien? ¡¡Fama extranjero en su tierra del Horodougou!!. Fama malvive ahora en la capital del país, no en el centro de la ciudad, en donde se encuentran los inmuebles, los puentes, las calles asfaltadas, todos construidos por manos negras para el disfrute de los blancos. A Fama le gustaría regresar a su pueblo, pero ya nada le espera allí, además han suprimido la jefatura tribal que le pertenecía, las independencias han constituido un comité con un presidente que pertenece al Partido Único, el presidente es un hijo de esclavo, ¿dónde se ha visto un hijo de esclavo mandando? Los malinkés tienen muchas maldades y Alá se cansa de perdonar su malevolencia, muchas desgracias y Alá se agota curándolas, entonces, cuando Alá se niega, cuando el malinké fracasa, se apresura a recurrir al fetiche: hundió el gaznate del gallo, el ave se debatió todavía, trató de alzar el vuelo en vano y cayó patas arriba, ¡patas al aire!, ¡garras abiertas!, sacrificio aceptado.

 

«Esperando el voto de las fieras» habla, entre otras cosas, de lo que Chabal y Daloz denominan, en su magnífico ensayo «África Camina, el desorden como instrumento político», la africanización de la política, es decir, el ajuste de los modelos políticos europeos importados a las realidades históricas, sociológicas y culturales de África. La tradición negra sostiene que todas las penas que la madre acepta soportar en su matrimonio se transforman en fuerza vital, en valor de éxito para su hijo. Los éxitos de Koyaga (dictador de un país africano y protagonista de la novela) se debían a la magia de su madre legada al hijo. En una de las escenas Koyaga se enfrenta a su adversario político, Fricassa Santos, cuando por fin lo consigue acorralar, un gran torbellino de viento nació de pronto en el centro de la residencia, Koyaga comprendió enseguida que Fricassa Santos se había transformado en viento... Los blancos dudarán de esta versión de los hechos, dirían que había un pasadizo por el que escapó Fricassa Santos, pero ésta es una explicación infantil: el blanco siempre con su necesidad de racionalizar para poder comprender.

 

Apenas dos esbozos en dos párrafos, la literatura como una magnífica oportunidad para conocer, para comprender, para acercarnos a esta África desconocida. Ojalá que la próxima edición del SILA -Salón Internacional del Libro Africano― sirva para difundir esta narrativa minoritaria, dentro de la actividad minoritaria que es la literatura, porque lo minoritario, no sólo puede ser importante, sino como dice Philip Roth, una apasionante y misteriosa actividad humana.

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Julio 25, 2010

Casi casi iguales, iguales.

Ni_o_fulbe.jpgHace unos meses, en un viaje a Bruselas, aproveché una tarde para ir a visitar el Museo Real de África Central de Tervuren, un museo viejo y anticuado que los belgas están intentando modernizar sin mucho éxito. Entre sus atracciones más actuales se exhibía un pequeño video que recreaba el encuentro entre Stanley y Livingstone. Stanley entraba a una aldea africana y era guiado a la cabaña de Livingstone por un revuelo de indígenas semidesnudos, portando lanzas, con el cuerpo pintado, que se agolpaban curiosos, como si fueran una manada de cebras, a contemplar al famoso y narrado encuentro entre los dos exploradores. Pero no fue la célebre frase lo que me llamó la atención, Dr. Livingstone, I presume, sino cual era mi imaginario sobre aquellas poblaciones negras que siempre nos han mostrado las películas en blanco y negro rodadas en África: los negros que se agolpan en manadas en las aldeas de chozas, los negros porteadores en las expediciones de los blancos, los negros que salían tras Tarzán montado en un elefante, esos negros que formaban parte del decorado de las películas como si fueran uno más de los grupos de animales que poblaban la sabana; sin mostrarnos nunca nada sobre ellos mismos, sobre sus pensamientos, su organización social o forma de vida. Ése era el lugar que ocupaban los negros en mi imaginario al ver aquellas películas, un elemento más sobre el paisaje africano como lo podrían ser una manada de cebras o de ñus.

 

Bueno, pues nada mejor para romper ese imaginario que leer Amkullel, el niño fulbé (Amkullel, l'enfant peul -en su título original-) las fantásticas memorias de la niñez y la primera juventud del escritor maliense Ahmadou Hampâté Bâ (1900-1991) publicadas por ediciones El cobre y Casa África. No voy a resaltar en esta breve reseña la humanidad y los valores de las sociedades africanas que con gran acierto describe el periodista Juan Carlos Acosta  en su artículo sobre esta misma obra, sino que me centraré en algo que me ha llamado la atención y que viene de maravilla para romper ese imaginario que todavía persiste sobre aquellos negros africanos.

 

Si eliminamos todo lo material, es decir, si eliminamos las armas, las carreteras, los barcos, los coches, la ropa, los cubiertos, el telégrafo; si eliminamos todo eso y queda solamente el ser humano, nos damos cuenta de que esos negros que en las películas nos han mostrado como manadas de ñus no eran tan diferentes a nosotros. Esa es la conclusión que extraigo tras leer la juventud en las primeras décadas del siglo XX de Ahmadou Hampâté Bâ. Sociedades africanas basadas en la familia, con padres, madres, tíos, sobrinos. Niños que iban al colegio, que se levantaban a una hora para llegar puntual a clase, que volvían a casa para comer y regresaban después por la tarde. Niños que pedían permiso a los padres para quedarse a dormir en casa de un amigo, o que se fugaban de clase y se dedicaban a hacer travesuras a escondidas para que no les echaran la bronca. Familias que se reunían a la hora de comer, madres que también daban un grito para decir que la comida estaba lista, padres que enseñaban a los niños los modales en las comidas. Familias que se desplazaban de un sitio a otro por asuntos de trabajo, o por asuntos familiares, que utilizaban el transporte -las piraguas en el Níger- para ir de un lado a otro, sabiendo de donde salían las piraguas, los horarios, los precios. Jóvenes que se organizaban en asociaciones vecinales, que mantenían su rivalidad con asociaciones de otros barrios, que cortejaban a las chicas durante las fiestas ... Si quitamos lo material, si quitamos las calles, el alumbrado público, los barcos de vapor, y dejamos sólo al ser humano, resulta que esos negros en manada que nos mostraban las películas no eran tan distintos... Eran simplemente seres humanos al igual que nosotros.

 

Fantástico por tanto Ahmadou Hampâté Bâ (y su lección de  humanidad y tolerancia), fantástica por tanto la literatura como forma de conocernos.

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Junio 20, 2010

¿Por qué leemos? La Suráfrica de Coetzee

desgracia.jpgDice Philip Roth que leemos para ser hechizados, para vivir las vidas que no hemos podido vivir, para escapar de la perspectiva sofocante y estrecha que es nuestra vida única. Es cierto, al menos para mí, esa es una de las razones que me conducen a leer.  Cuando te encuentras con una de esas novelas que de verdad te hacen vivir otra vida, cuando estás unas horas o unos días completamente subyugado por la trama, cuando llegas a la última página y lees la última línea y cierras el libro y de repente te das cuenta, casi con pavor, de que estás en el salón de tu casa... entonces agarras el libro con las dos manos, intentando poseer esa historia para que no se desvanezca igual que cuando te despiertas en mitad de un sueño agradable intentas dormirte rápidamente a ver si lo recuperas... No es nuevo esto que digo, claro que no, nada es nuevo, todo está escrito, hace muchos años le leí algo parecido a Terenci Moix en un artículo en el que hablaba de su pasión por el cine, cuando terminaba la película y salía de la sala y se tropezaba de lleno con ese mundo unidimensional que era su vida, y caminaba con pasos torpes, vagando sin rumbo por unas calles que apenas miraba para no volver a encontrarse de bruces con la limitadísima y asfixiante realidad de la vida única... No nos basta con nuestra vida, no nos es suficiente, por eso leemos.

Pues eso me ha vuelto a pasar (por segunda vez ya que se trata de una relectura) con esta obra maestra que es «Desgracia» del surafricano JM Coetzee. Y no porque la historia sea una historia agradable, es más bien todo lo contrario, como su nombre índica, «Desgracia», aunque yo creo que quizás más apropiado hubiese sido titularla «Desesperanza». David Lurie, su protagonista cincuentón, puede que sea un tipejo deleznable, pero al menos es consecuente con lo que piensa y con las consecuencias de sus actos; profesor en la universidad de Ciudad del Cabo, seduce a una alumna suya y se mete en un buen lío. En todo momento Lurie es consciente de lo que está haciendo: de la diferencia de edad, de la vulneración del supuesto rol del profesor respecto al alumno, pero también de la corriente del deseo, de la rabia y la impotencia que siente por no poder acostarse con una chica de esa edad ―pese a que para eso estén las putas―. Tras hacerse pública su relación y sufrir las consecuencias de sus actos, decide ir a pasar una temporada con su hija a la finca en la que ésta se ha instalado en una zona rural: una chica blanca en un entorno de poblaciones negras en la Sudáfrica post apartheid. 

 Y es aquí en donde la novela se hace terrible, con una prosa sencilla, escueta, casi parca pero del todo subyugante, Coetzee nos muestra cómo los códigos han cambiado en ese país en los últimos diez años, cómo serán necesarias generaciones para que los blancos y los negros puedan vivir en armonía (si eso llega a pasar algún día en Suráfrica), una sociedad en la que la piedad y el terror son de todo punto irrelevantes, el altísimo precio de la historia que tiene que pagar la conciencia de una mujer blanca si pretende alcanzar la supervivencia en un entorno que ya no es el suyo.

Desde luego no es esta novela la vida que quiero vivir, no es el sueño al que quiero regresar, no es pavor sino alivio lo que siento cuando la termino y me doy cuenta de que estoy en el salón de mi casa... pero después de todo no se trata ni de pavor ni de alivio, porque esta historia de Coetzee es una manera de situarte en el mundo, un mundo que, afortunadamente, nos guste o no nos guste, no acaba en el estrecho margen que una persona, físicamente, pueda abarcar. Pertenezco al mundo, por eso leo, ¿quién dijo que fuera divertido o fácil?

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Mayo 10, 2010

Tribus saharauis

hijosdelasnubes.jpgUn día, en un almuerzo en Madrid, Mohamed, un conocido (no sé si amigo) mauritano me habló de Sophie Caratini, yo le había preguntado sobre la organización tribal en Mauritania y él me recomendó el libro de Caratini «Hijos de las nubes», que precisamente se estaba traduciendo al español en esos momentos. Unos meses más tarde Mohamed me envió un email pidiéndome mi dirección, a la semana me llegó el libro por correo. Mohamed no me había comentado en aquel almuerzo que él mismo salía en el libro, eso me lo dijo Sophie Caratini después, ¿no te contó que él era uno de los niños de la familia tal? No ―respondí yo―. ¿Y tú no te diste cuenta? No, ni siquiera me dijo que él pertenecía a esa tribu ¡Cómo son los hombres del desierto! ―sonrió Sophie―, nunca te contarán nada sobre ellos mismos.

 

Leí el libro de Sophie Caratini con mucho interés, una obra (mitad libro de viajes mitad estudio antropológico) sobre los Erguibats, la principal tribu nómada del Sahara Occidental. Caratini viajó en 1974 (tenía 26 años) a Zuerat, norte de Mauritania, con el objetivo de estudiar a los nómadas, y coincidió con el momento histórico en el que empezaba a fundarse el Frente Polisario. Tras terminar de leer  "Hijos de las nubes" (hijo de las nubes: el nómada que va en busca de las lluvias) me puse  en contacto con ella y me dijo que tenía un viaje a Las Palmas. Nos encontramos un sábado por la mañana en la recepción del Hotel Meliá, y este licenciado en económicas, este aficionado a la sociología y a la geopolítica africanas, se tropezó con una antropóloga con más de treinta años de experiencia, directora de investigación del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de la Universidad de Tours, con seis o sietes obras antropológicas sobre el desierto publicadas ¡qué pequeño se siente uno ante tanta determinación y tanta experiencia!

 

Esto que sigue a continuación es un resumen de las dos horas de conversación que mantuvimos en Las Palmas.

 

 

PREGUNTA: Cual es la realidad tribal en el Sahara Occidental hoy en día, en su libro se transmite la idea de que el Frente Polisario tenía como principio la eliminación de las tribus, ya no se hablaba de las siete u ocho principales tribus que poblaban el Sahara Occidental sino del Pueblo Saharaui. ¿Siguen existiendo Erguibats, Delim, Tidrarin, Arosien etc., o sólo el Pueblo Saharaui?

 

El principal principio que defendía el Frente Polisario era la eliminación de las tribus, con las independencias de Marruecos en el 58, de Mauritania en el 60 y de Argelia en el 62, las tribus Saharauis persiguieron su unidad como pueblo, con el pacto de Unión Nacional de 1975 abolieron el tribalismo, lo que supuso importantísimos cambios en la organización social y económica de sus poblaciones: el poder pasó de los viejos a los jóvenes, abolieron la esclavitud, otorgaron a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, suprimieron la ablación, promovieron los matrimonios intertribales, etc., en esa etapa la gente se molestaba si le preguntabas por su tribu. Todo empezó a cambiar con el alto el fuego del 91, por un lado se tenía que organizar el censo para el referéndum y se invitaba a la gente a inscribirse haciendo llamamientos en la radio en función de su tribu, por lo tanto la pertenencia tribal dejó de ser un secreto. Por otro lado influyó la entrada del dinero en los campamentos, antes todo era cedido por la ayuda internacional, no habían desigualdades, pero con el regreso de los hombres que dejaron de hacer la guerra, con el permiso de salida de los campamentos, la gente comienza a entrar y salir, empezaron a aparecer pequeñas economías informales y, poco a poco, las desigualdades sociales. En este contexto recobra importancia la necesidad de las relaciones, la pertenencia a determinadas redes, tribus. El concepto de «dote» en los matrimonios que había desaparecido vuele a aparecer ya que representa una garantía de la alianza y evita así el fácil repudio de los hombres a las mujeres, el concepto de dote va asemejado al rango de la familia en la lógica de la ideología tribal, la suma de estos elementos y de otros más han facilitado la vuelta al tribalismo.

 

 

PREGUNTA: En contraposición con esto, en Mauritania parece que sucede todo lo contrario, usted comenta «en Mauritania siempre me han comunicado el origen tribal de unos y otros, elemento principal de una información que califica  e identifica al mismo tiempo. Así se define a priori el modo de relación que va a prevalecer entre dos individuos» ¿por qué esa diferencia de planteamiento entre saharauis y mauritanos?

 

 

La respuesta es evidente, el Pueblo Saharaui es un pueblo revolucionario que persiguió la desaparición de las tribus y la igualdad de todos los individuos, todos los cambios que comento respecto a la organización social en la pregunta anterior son provocados por la revolución; los mauritanos no han hecho ninguna revolución, son de corte real, con una sociedad muy hierática.

 

PREGUNTA: Y también sobre los mauritanos añade: «Los jóvenes acomodados de esa época no tienen sentimiento nacional, no les importa la pobreza a su alrededor, no tienen conciencia social, ni política, lo único que les interesa es pertenecer a las élites tribales» ¿sigue existiendo en la actualidad esta situación que describía en 1974?

 

 

El caso de Mauritania es contradictorio, efectivamente eso sucede, la pertenencia a la tribu está por encima de cualquier cosa, pero eso no significa que no haya un sentimiento nacional, el sentimiento nacional se construye en Mauritania en relación al otro, a la amenaza que tienen con sus países vecinos, sobre todo en relación con la frontera con el río Senegal y las poblaciones allí ubicadas, pero no es sencillo en Mauritania: las tribus moras, los negros, los descendientes de esclavos, ello genera muchas contradicciones sobre ese concepto de nacionalidad.

 

PREGUNTA: Volvemos a los erguibats, durante su viaje muchas veces se sorprende por las diferencias culturales entre usted y los erguibats. Por ejemplo, hay un momento del libro en el que una familia la invita a dormir, insisten tanto que usted acepta por no parecer maleducada, pero después se da cuenta de que no esperaban que aceptase, sino que simplemente ellos cumplían con su obligación de hospitalidad. Unos párrafos más adelante comenta lo siguiente sobre los erguibats: «decir lo contrario de lo que se piensa para conocer las opiniones del otro es habitual, el uso casi permanente de la astucia de esta civilización nunca dejará de sorprenderme, siempre acabo picando». ¿Difícil o sencillo el diálogo entre la cultura occidental y esta otra cultura?

 

 

Por un lado son una sociedad muy cerrada, pero al mismo tiempo pueden resultar abiertos. Acogen con devoción al extranjero, hacen todo lo posible por la persona que llega de fuera, pero después, la cultura del desierto no provoca las conversaciones personales, ellos no hablan de ellos mismos, hace falta un tiempo inmenso para considerar a un extranjero como verdadero amigo.

 

 

PREGUNTA: En otro pasaje del libro rescato el siguiente párrafo: «En el desierto el peligro acecha, el hambre, la sed, las armas, el viento, la sal, la noche, las fuerzas invisibles, entonces los hombres no tienen más remedio que arrimar el hombro, cada cual es para el otro un hermano al mismo tiempo que un extraño, una amigo al mismo tiempo que un rival, la palabra constituye un poderoso lazo y la felicidad es frágil y descansa sobre una base insignificante que han aprendido a atrapar cada vez que pasa, fugitiva, al alcance de la mano». ¿Un hermano y un extraño, un amigo y un rival? ¿Es esto contradictorio?

 

 

Puede resultar como las familias numerosas aquí, cuando se mueren los padres, los hijos se pueden pelear por la herencia. La tradición del desierto es que el hermano mayor es el que manda, las relaciones entre hermanos son relaciones de poder, el hermano mayor puede decir al menor lo que debe hacer, en los matrimonios, el amor de la mujer por su hermano es mayor que el de por su marido. Todo eso, como digo, son relaciones de poder que pueden complicar el futuro de las familias.

 

 

PREGUNTA: En estas sociedades fuertemente colectivizadas, donde la familia es la identidad social, donde no hay espacio para la esfera privada ni opción de individualidad («el individuo no posee un espacio privado, nadie tiene su habitación, su cama, todo lo que es visible es colectivo y todos los lugares son intercambiables») usted es acogida por Ismail Uld Badi, que incluso en algún momento la llama «su hija», ¿que significó eso en ese momento y qué vigencia tiene esa adopción?

 

 

Una de las veces que regresé a Mauritania, muchos años después, coincidió con la muerte de una de las mujeres de la familia que me adoptó, en los sepelios todo el mundo pasa, todo el mundo saluda, cuando fui a darle las condolencias a  un familiar, él me interrumpió, y me dijo: «el que te presenta las condolencias soy yo, porque es tu hermana la que ha muerto».

 

 

PREGUNTA: Matrimonios de conveniencia por alianzas familiares, un sentido del pudor muy distinto del occidental, en 1974 usted describe lo siguiente: que una mujer joven pronuncie la palabra "mi marido" delante de ciertas personas puede resultar obsceno, una mujer no pude comer en presencia de su suegro ¿Cuál ha sido la evolución de esta moralidad?

 

Bajo mi punto de vista sigue siendo igual, el conjunto de signos y comportamientos obligados que rigen las relaciones entre las generaciones y que difieren en relación del grado de parentesco, la transgresión de estas reglas provoca a los individuos pudor, vergüenza, incomodidad, humillación e incluso deshonor. Todo este conjunto de normas forman parte del respeto hacia el otro, está mal visto que un joven fume delante de un anciano, hay que bajar la mirada ante ellos, no hablar de algunos temas incorrectos, reproducir las estrategias de evitación de los suegros. Es muy difícil que te hablen de temas personales, en estas sociedades donde la familia es tan extensa, donde todo el mundo entra, todo el mundo sale, se comparte todo el espacio, en estas situaciones a veces es difícil quedar con alguien para hablar, en Nouakchott por ejemplo, si alguno quiere hablar con alguien, a veces funciona mejor coger el coche y ponerse a dar vueltas por la ciudad, es la mejor manera de hablar de temas personales sin que te escuchen ni te interrumpan.

 

 

PREGUNTA: Usted habla de la desintegración de las tribus, de la falta de organización, de la pérdida de los puntos de referencia. Los occidentales dibujaron fronteras en territorios donde convivían tribus nómadas. Usted fue a buscar nómadas y ya casi todos eran sedentarios.¿Cuál ha sido a su juicio el principal cambio vivido en las tribus del Sahara desde su experiencia en 1974 hasta la actualidad?

 

 

Desde luego la sedentarización, pero también la ruptura del destino individual, si analizas los individuos de una misma familia, la situación es muy distinta en cada uno de ellos, unos viven en los campamentos, unos estudian fuera, otros recogen frutas en España, otros son ricos comerciantes, el destino de los individuos no tiene nada que ver ahora con el que tenían los individuos de las poblaciones nómadas, aunque todos, todos y cada uno, sea cual sea su situación, siempre anhelen el desierto.


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Abril 18, 2010

El buscador de Áfricas

buscador de africas.jpgEl Buscador de Áfricas, de Henry Lopes.

¿Cómo se siente un niño mulato en una aldea de África? Ese niño es André, de padre colonizador (un comandante francés) y de madre congoleña. Estamos en los años 50, en la aldea los mulatos molestan, los niños lo llaman café con leche, blanco mandioca, blanco mal blanqueado... cuando llega a Francia, los franceses lo llaman negro, o macaco hijo de puta...; como dice el propio André ya de adulto: «menos blanco que ellos es siempre negro».

Al niño André lo abandonó su padre cuando éste regresó a Francia. En esa época en la que no existía la televisión, la idea de lo que era París pertenecía al imaginario, a lo que trasladaban a las poblaciones locales los colonizares. Cuando André acabó el bachillerato y fue por primera vez a París (y ya se sentía capaz de quitarse todos los complejos de negrito) se dio cuenta de que no todos los blancos eran jefes como en África, que muchos blancos trabajaban con sus manos, llevaban cargas como los negros, la única diferencia es que a esos blancos nadie les daba patadas en el culo, ni los tuteaba, ni los trataba de macacos al menor descuido.

Una tarde, André decide ir a una conferencia que impartía aquel comandante que vivió en el Congo y que un día abandonó todo, abandonó todo, para regresar a Francia. André se sienta en las últimas filas de la sala y no puede dejar de fijarse en la primera fila, donde una señora blanca y una chica blanca de gran parecido con el comandante siguen la charla con devoción... Lástima que la fuerza de esa escena no se mantenga en toda la novela; a pesar de eso, «El buscador de áfricas», realiza un interesante recorrido por los valores africanos que el protagonista echa de menos en el país de los blancos: el calor del hogar y de la familia, el valor de la infancia, el respeto a los mayores, la hospitalidad hacia el extranjero, la riqueza de las lenguas, la importancia del baile, de los amuletos, de la magia...

Pero por encima de todo esta novela refleja las contradicciones de su protagonista: el hecho de ser mulato, siempre de ninguna parte, ni de uno ni de otro, y lo que ello implica en la búsqueda constante de la identidad. Realidades que a muchos de nosotros nos pueden parecer tan distantes y que sin embargo están ahí, sentidas con toda intensidad por cada uno de sus protagonistas... A Henry Lopes lo conocí hace unos meses en el Salón Internacional del Libro Africano en donde impartió una magnífica conferencia: toda la vida un camino entre dos mundos en el que una persona -de carne y hueso como tú y yo- trata de encontrar su identidad. Me quedo con una frase de André: él no era un «mitad mitad», sino un «doscientos por ciento», cien por cien leche, cien por cien café. Interesante conclusión que habla, bajo mi entender, del futuro de la humanidad.
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Abril 8, 2010

Bienvenida, bien hallado

puertaabierta.jpgLos aventureros de GuinGuinBali me han dejado la puerta abierta para que colabore con ellos con un blog. No he podido decirle que no a los aventureros; a los aventureros de esta apasionante aventura que es GuinGuinBali, una aventura que ojalá pronto deje de ser una aventura, y se convierta en el proyecto sólido e ilusionante que parece puede llegar a ser. Ojalá ―inshallah―, que este esfuerzo titánico sea capaz de mantenerse por sus propios medios, y que el valor añadido que, a mi juicio GuinGuinBali ofrece, pueda convertirse en valor de verdad. ¿Quiere este país mirar de tú a tú a África?, pues entonces GuinGuinBali es necesario. Ojalá ―inshallah― que ésto no sea sólo la aspiración de unos cuantos.

Por mi parte, intentaré aportar desde este blog mi granito de arena, un granito de arena que vendrá de la mano de la literatura, la literatura que escriben los africanos ―porque qué mejor manera para conocerlos que escucharlos a ellos―, y la literatura que escriben los no africanos sobre África ―porque la mirada del otro también tiene su peso sobre la identidad―. No sé con qué frecuencia podré actualizar este blog, supongo que con algo menos de lo que mi ilusión desearía, y espero que con algo más de lo que mi tiempo me permite; pero en cualquier caso aquí estaré, aportando mi visión realista sobre la literatura que habla de la realidad de África.

Los aventureros de GuinGuinBali me han dejado la puerta abierta para que colabore con ellos con un blog. Y yo no podía decirle que no a estos profesionales.

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