Guinguinbali
Agosto 15, 2012

El fuego

El fuego no es un accidente, no es una casualidad fruto del azar. Lo conocemos, lo conocemos muy bien. Un día, hace años ya, me encontré con él cara a cara en la isla de La Palma.  Iba y venía el fuego por las copas de los pinos y por el suelo mismo, lleno de pinocha y ramas caídas. Estaba de vacaciones y me atrapó. Quise verlo de cerca, fui imprudente y me atrapó como se coge a un animal en un cepo de esos antiguos. Me cortó el paso delante y atrás y corrí ladera abajo con el corazón en la boca y ese olor a quemado que te persigue varios días.


No soy el único. Qué va, ni mucho menos. En Canarias lo conocemos bien. Lo hemos visto tantas veces. Es un viejo conocido que aparece cada rato, cada verano, a veces apenas toca en la puerta pero en demasiadas ocasiones se mete hasta la cocina. Él también nos conoce a nosotros. Sabe de nuestra desidia, de nuestras miserias, de nuestro abandono fatal. Resignados, andamos ya por la vida con la cabeza agachada, el pensamiento en otra parte, asustados de nosotros mismos, de aquello en lo que nos hemos convertido y nos quieren convertir. Rodeados de basura y de gente extraña que sale por la tele y que nos mete la mano en el bolsillo todos los días. Así estamos, atenazados por el shock de la víctima.


Ni sabemos lo que tenemos. Garajonay es la magia, la fuerza, es un mensaje maravilloso que nos llega del pasado, un legado que tenemos la obligación de conservar y mantener intacto. Como muchos canarios, he aprendido a querer a este bosque, he descubierto sus rincones a cada paso, su frescor, su belleza. Quienes hayan estado allí me entenderán. He recorrido algo de mundo y les digo que es uno de los lugares más maravillosos que nunca pisé. 


Les confieso una cosa. Estoy lejos, vivo ahora en un país de baobabs, de bosques tropicales donde ahora, estos días, la lluvia llega sin avisar, cae en tromba repentina, y sigue su camino. Senegal se llama. Desde aquí, sigo la actualidad de Canarias a través de Internet. Pero hace días que no quiero saber, que se me pone un nudo en el estómago cuando me siento delante del ordenador. He visto las fotos, el gran trabajo de mis compañeros fotógrafos a pie de fuego, de Rafa, de Santiago, de todos, y es como una pena que se me pone dentro. Sólo busco y rebusco el titular que diga que el fuego está, al fin, extinguido. Y miro esta lluvia que cae sentado en la puerta de mi casa y me gustaría empujarla hacia La Gomera.


Pero el fuego sigue ahí, se retuerce, se esconde, se burla de nosotros, contempla risueño las peleas de aquellos en los que hemos delegado la responsabilidad de que esto no vuelva a ocurrir nunca más. Que si hidroaviones, que si llamadas telefónicas, que si fuiste tú. Sueño también con que se callen y hagan su trabajo. El daño que ya ha causado el fuego es enorme. Sí, se apagará un día. Porque los hombres y mujeres que se baten contra él están poniendo todo en el empeño. Pero volverá. Mientras no aprendamos que este fuego no es sino la extensión crepitante de nuestro propio abandono, el fuego volverá. 


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395680_332126443487820_1077072826_n.jpg />José Naranjo
Cuando los jóvenes africanos van a emigrar hacia Europa, se hacen con un amuleto para ser invisibles y poder así cruzar las fronteras y el mar sin ser vistos. Este blog intenta romper ese conjuro, hacer visibles a quienes mueren en el intento de llegar a nuestras costas tras un naufragio o se quedan para siempre en medio del desierto; a quienes consiguen llegar y hacen los trabajos que no quiere nadie, pero a quienes, a la vez, les negamos todos los derechos; aquellos que se esfuerzan por integrarse y casi nunca salen en los medios de comunicación.
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