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Archivos Junio 2012

Junio 27, 2012

El nido de la felicidad


Rodeada de colinas, la ciudad de Bamako me recibe con una intensa pero corta lluvia. Tras un viaje de 34 horas en guagua desde Dakar, lleno de polvo del camino y suciedad, el agua me parece una bendición. He venido para hacer varios reportajes a un país partido en dos por la rebelión tuareg triunfante en el norte y donde sigue dictando las órdenes la junta militar que dio un golpe de estado el pasado 22 de marzo. Pero, como siempre, más allá de la política, la guerra, los pasillos del poder y los asuntos de Estado, en los rincones más alejados del foco informativo, lo que brillan son las personas. Por eso, esta es una historia de amor.

Hasta el barrio de Sangarebougou no llega el asfalto. Las calles son de tierra roja y piedras, surcadas de improvisados riachuelos en los que se mezclan las aguas fecales y la lluvia reciente. Aquí y allá, montañas de plásticos y desperdicios y casas a medio hacer y gente, mucha gente, que sobrevive a pesar de todo. En fin, un barrio más de esta inmensa aglomeración de casi dos millones de personas llamada Bamako, un lugar, como todos los lugares, en el que se juntan a partes iguales fracasos e ilusiones, sueños y frustración.

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Allí, en una de estas calles de tierra, hay un colegio privado de Primaria con nueve aulas, una por curso escolar, que se llama "El nido de la felicidad" en el que estudiaban, hasta hace unos meses, más de 500 niños. Es decir, entre 50 y 70 alumnos por aula. Dicho de otra manera, un montón. En la actualidad, la situación es aún peor. En sólo tres meses han llegado al colegio 200 niños más.

Fue a finales de marzo cuando la directora del centro, Moussamakan Keita, recibió una llamada telefónica. "Ha llegado un grupo de niños al barrio procedente del norte del país y necesitan escolarizarse para no perder el año", dijo la voz al otro lado del hilo telefónico. "Que vengan", dijo Moussoumakan. La voz se corrió. No todos los colegios estaban dispuestos a aceptar a estos recién llegados, así que "El nido de la felicidad" se convirtió pronto en un refugio. Al principio fueron veinte, luego cincuenta, finalmente unos doscientos. Y el espacio siguió siendo el mismo: nueve aulas, quince profesores.

Todos estos niños proceden de ciudades como Gao, Kidal y Tombuctú que a finales de marzo pasado cayeron en manos de grupos rebeldes tuaregs e islamistas. Sus familias decidieron abandonar entonces sus hogares en medio de abusos generalizados, saqueos, robos e incluso violaciones. Los hombres de Ansar Dine, un grupo armado islamista radical, comenzaron a aplicar una interpretación muy restrictiva de la sharia o ley islámica y prohíben desde entonces que se imparta filosofía en las escuelas o que las mujeres lleven pantalones o jugar al fútbol en la calle.

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Llegaron a Bamako con lo puesto. Y algunos sufrieron aquí desprecio y discriminación por ser norteños. "Nos trataban de terroristas", asegura Moussa Ag Intarga, que era profesor en Gao. Pero Moussoumakan no dudó ni un segundo. "Sólo son niños y todos somos malienses", asegura con una sonrisa. Y un último gesto. El colegio es privado y se financia de las cuotas que aportan las familias, 40.000 francos CFA al año por niño (unos 60 euros). Pero a los recién llegados no les cobran ni un franco CFA. "¿Cómo vamos a cobrarle después de lo que han sufrido? Se lo explicamos a los otros padres y todos lo entendieron", añade.

Pero más de 70 alumnos por aula es una locura, incluso para Sangarebougou. Así que entre Moussa Ag Intarga y ella misma han elaborado un proyecto para construir tres aulas más en un terreno anexo y contratar a cinco profesores más. "De esta manera podremos ofrecerles una educación de más calidad", asegura la directora.


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Damos un paseo por el centro. Realmente es pequeño. En Malí faltan escuelas. Cada año, el Estado intenta parchear construyendo nuevas aulas en los centros ya existentes, pero este país y en concreto esta ciudad, Bamako, tiene uno de los índices de crecimiento demográfico más grandes del mundo. Llegan miles de niños cada año al sistema. Y no existen centros concertados en el nivel de Primaria. O van a la pública, saturadísima, o tienen que acudir a la privada, también saturada. "Muchas familias no tienen recursos. No les podemos pedir el oro y el moro o que hagan más esfuerzos del que ya hacen", asegura Keita.

El proyecto de las tres nuevas aulas cuesta unos 7.700 euros y tanto Moussa como Moussoumakan confían en encontrar benefactores que puedan ayudarles a conseguir que "El nido de la felicidad" sea más nido y más feliz que nunca. Las personas que estén interesadas en el proyecto y quieran colaborar de alguna manera pueden ponerse en contacto con los promotores en el correo electrónico agintargabouba@live.fr

Artículo publicado en el blog África no es un país

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Junio 25, 2012

Nereo Cabello: "La tierra me persigue"

En 2007, Nereo Cabello se trajo a África 64 cabras de Tenerife, La Palma y Fuerteventura, sesenta hembras y dos machos. Y no les ha ido tan mal. Aunque algunas hembras han muerto, otras han parido con éxito. Y pese a haber vendido machos "para raza", en la actualidad la cabaña caprina de este palmero que lleva 23 años viviendo en el norte de Senegal es de 30 adultos y 20 baifos. Este es un retrato de Nereo, como le conoce todo el mundo en Saint Louis, el médico palmero que un buen día se metió a agricultor en Senegal porque, como dice él, "la tierra me persigue".

A Nereo no le gusta la prisa. Si no tienen tiempo, mejor no vayan a verlo. Todo lo hace con pachorra. Conducir, hablar, caminar. Es difícil imaginarle en la vorágine cotidiana de una gran capital. Pero no. Él vive en las afueras de Saint Louis, ciudad situada al norte de Senegal, y se pasa casi todo el día en su finca de Savoigne, a unos 40 kilómetros de la vida urbana, en pleno campo, tan alejado del ruido y las carreras como de la prima de riesgo y el rescate financiero.

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ació hace 62 años en Puntagorda (La Palma) y tras estudiar en Tenerife y Granada decidió que su mundo conocido se le había quedado chico. En 1975, con sólo 25 años y el título de Medicina bajo el brazo, se fue a un remoto rincón de Perú llamado San José de Sisa (departamento de San Martín) donde poder ejercer su profesión a su manera, en un centro público y en contacto directo con la gente.

Tras doce años de estancia en un lugar al que sólo se podía llegar en avioneta, Nereo regresó a Europa. Entre 1988 y 1989 se especializó en Medicina Tropical en Burdeos y allí entró en contacto con la ONG Médicos del Mundo que buscaba profesionales sanitarios para atender la crisis de refugiados que se produjo a consecuencia del conflicto entre Senegal y Mauritania.

Así que África fue su siguiente destino. "Mi vocación era la cooperación y África era mi sueño. Las cifras de médico por habitante de este continente eran catastróficas y yo quería aportar", asegura. Se estableció en Podor, en la ribera del río Senegal. "Había miles de refugiados, atendía a 30 o 40 pacientes al día", explica. Nereo Cabello se refiere a los mauritanos negros que fueron expulsados a Senegal por el gobierno de Nouakchott en el año 1989, lo que provocó una grave crisis entre ambos países.


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Tras su experiencia en el terreno de las emergencias, decidió quedarse en Senegal. "Saint Louis tenía un clima más agradable, había más facilidades y pensé que era un buen lugar", añade. Pero se topó con las restricciones legales a la instalación de médicos extranjeros y la idea de abrir una consulta privada se fue esfumando de su cabeza. Entonces miró al campo. "La tierra me persigue. Trabajé mucho con mi padre, que era agricultor, desde que tenía cinco o seis años". Un amigo senegalés le animó a pedir tierras al Gobierno que en aquel entonces estimulaba la inversión en agricultura para fijar a las poblaciones locales, hasta entonces mayoritariamente nómadas. Y se las dieron. Primero 14 y luego 46, lo que suman 60 hectáreas.

Las tierras de Nereo están a unos cinco kilómetros del río, del que se aprovisiona de agua a través de unos canales. Da gusto visitar su finca, en la que cuenta con una veintena de empleados según la época. Además de las siete hectáreas de plataneras que cuida con mimo, su tierra produce melones, sandías y frutales como mangos, mandarinas, limones, naranjas y pomelos. Y fue hace cinco años, en 2007, que se trajo las cabras.

"Quería hacer queso tierno, estilo canario, y me traje 64 cabras vía Mauritania". Algunas murieron, otras dieron crías y algunos machos los vendió para ir mejorando la raza senegalesa. En la actualidad le quedan 50, treinta adultos y veinte baifos. "Los animales están bien, aunque sufren mucho en la época de hivernage (entre julio y octubre aproximadamente, la estación de las lluvias) porque les sienta mal el calor húmedo. Las cabras aguantan mejor el calor seco", añade.

No produce mucho queso, aproximadamente un kilo al día que vende a unos diez euros a un establecimiento hotelero y a una carnicería de su querida Saint Louis, pero algo es algo.

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Me gusta vivir aquí", confiesa. Hay valores tradicionales que para mí son importantes y que en Occidente se están perdiendo, como la autoridad en el seno de la familia o la hospitalidad. En Europa tienes la sensación de que la gente se estorba, ni se mira", añade Nereo. "Pero lo que me ha hecho quedarme 23 años es la sensación de que estoy haciendo cosas que aportan a los demás".

Entrevista publicada en La Provincia

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Junio 19, 2012

34 horas de guagua y... ¡Bienvenidos a Bamako!

Desde hace tiempo tenía la intención de ir desde Dakar (Senegal) hasta Bamako (Malí), unos 1.100 kilómetros, por carretera. La otra opción, el avión, costaba unos 400 euros y en guagua un poco menos de 40. La diferencia de precio, como pueden ver, era insalvable. Así que preparé mi mochila y me presenté en el punto de partida, junto al estadio Leopold Sedar Senghor de Dakar. En un principio mi idea era ir por Kedougou, pero a última hora y por consejo de Bouba, un buen amigo maliense que ha hecho este viaje varias veces, me incliné por ir directo desde Tambacounda hasta Kayes, la ruta tradicional.

Esta historia comienza el domingo a las ocho y media de la noche. La empresa de transportes me había dicho que en 24 horas estaría en Bamako. Pero estas cosas, en África, no hay que creérselas nunca. En realidad, la pregunta más estúpida que se puede hacer es en estos casos es "¿a qué hora llegaremos?". Pero como uno no acaba de aprender, la hice. Y ellos, acostumbrados a tratar con tubabs (blancos) imprudentes, responden lo que queremos oir. "Pues 24 horas". Pero ellos saben y yo sé que eso dependerá de muchas variables difíciles de calcular a priori, como luego se pudo comprobar.

Dado que soy un maestro en el arte de la previsión, no llevaba nada de comida ni bebida para un viaje de al menos un día. Menos mal que la guagua no salió puntual (¡albricias, qué sorpresa!) y tuve margen para comprar dos botellas de agua Kirene y cinco paquetes de galletitas Biscrim, a razón de cuatro por paquete. Digo las marcas a ver si hay suerte, me patrocinan el próximo viaje y lo hago en avión aunque sea llevando más logotipos en la camiseta que Jesús Calleja subiendo al Anapurna.

La entrada a la guagua ya no presagiaba nada bueno. Los maleteros de debajo se llenaron en un plis plas y ahí estaba toda mi gente agolpada junto a la puerta intentando entrar cargada de variopintos cacharros. Aquello parecía un mercado. Cuando al fin logro entrar, el paisaje dentro del bus era para mear y no echar gota. El pasillo estaba ya repleto de bultos que iban desde bidones llenos de agua (¿para qué se llevan agua de un país a otro?, me preguntaba yo) hasta hatos de ropa, platos de comida, una perola gigante, cajas, sacos de arroz y carbón... En fin, de todo. Al menos no había animales vivos, como en mi último viaje a Podor.

Tras pasar por encima de aquel mercado persa logré encontrar un asiento. A mi lado, el joven Mohamed Cámara, un chico de padres malienses nacido en Senegal que no había viajado nunca al país de sus ancestros. Iba a ver a su familia por primera vez. Estaba nervioso y nos fuimos haciendo amigos con el paso de las horas. El motor se puso en marcha sobre las nueve y media y, tras parar a echar gasoil, seguimos rumbo hacia el sur.

La primera parada, Kaolack. Serían las dos de la madrugada. Todos teníamos ganas ya de estirar las piernas. Yo iba embutido entre Mohamed, la maleta del chico que estaba al otro lado del pasillo y dos garrafas de agua de la señora que iba delante de mí, la Mama la llamaban todos, una hermosa señora africana que ocupaba su asiento y medio pasillo. La parada, en la que se subió más gente comprimiendo aún más el espacio, duró más de una hora. Bultos van, bultos vienen. Al menos pudimos bajar y coger un poco de aire. Sobre las tres, seguimos ruta.

Casi todos nos adormilamos un poco. Yo veía cómo a los demás se les iba cayendo la cabeza para todos lados y a mí me debió pasar lo mismo. En una ocasión, la Mama casi se desnuca y se abalanza sobre el que estaba al otro lado del pasillo. Así, entre bache y bache, cuando me vine a dar cuenta ya habíamos pasado Tambacounda. Eran las seis y media de la mañana, había amanecido y el chófer decidió hacer una nueva parada. Casi todos aprovecharon para desaguar, lavarse un poco, sacar sus alfombras y rezar.

No conocía esta parte del país. Es Sahel en estado puro. Tierra seca, arbustos y árboles aquí y allá. La carretera, no en demasiado mal estado, sigue paralela a la vía del tren que une a Dakar y Bamako. Lo más notable fue un amplio grupo de babuinos que miró pasar la guagua con curiosidad. Sobre las 10.30 llegamos a Kidira, el pueblo senegalés a este lado de la frontera.

Ahora la parada era obligatoria: el puesto de policía para controlar pasaportes. Aproveché para ir al baño. Como diría un buen amigo, "si aquí no te coges una enfermedad debe ser porque ya estás muerto". Tenía hambre, ya me había comido dos paquetes de galletas pero era lo único desde el mediodía del domingo. Fuera del puesto policial había una señora haciendo bocadillos. Ñam, ñam. Después de que se me colaran dos africanos (suele pasar, al tercero que lo intentó ya me puse torero), pedí uno de brochetas de carne, con una especie de papas en salsa. La duda me asaltó cuando me preguntó si le echaba mayonesa, un bote abierto que tenía allí a 35 grados de temperatura. Dije que mejor no. Picante tampoco. Una diarrea justo ahora era el peor de los escenarios posibles.

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Una horita de espera y prueba superada. Cruzamos un puente y ya estábamos en Malí. Pero lo peor estaba por llegar: nos aguardaba la Aduana maliense. Tocaba bajar y sacar todos los bultos del maletero. Juas. La gente empezó a hacerse la remolona, como era de esperar. Y el funcionario encargado de revisar que no entraba nada de contrabando (buscan sobre todo telas que deben pagar un canon) se enfadó. Volvió a su oficina y el chófer tuvo que ir a convencerle. Todo esto es un show, claro, de lo que se trataba era de morder algo. Algunos pasaron por caja. De manera aleatoria. Primero los maleteros de un lado; luego los del otro. Y yo allí, el único blanco, intentando pasar desapercibido.

Dos horas nos tuvo el buen señor y la gente bajando bultos, abriendo bultos, enseñando bultos, cerrando bultos, subiendo bultos. Cuando por fin termina la odisea, toca volver a parar en el control de pasaportes. Otra media hora. Y unos kilómetros más adelante, en el control militar antes de la ciudad de Kayes, luego en la estación de buses de Kayes (baja gente, sube gente) y en el control a la salida. A todo esto se nos hicieron las cuatro de la tarde, más de cinco horas para hacer 50 kilómetros. Cae el cuarto paquete de galletas y una bebida naranja con sabor a chicle que me vende un niño a 1,6 euros.

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El calor empieza a apretar de verdad. Si está parada, dentro de la guagua no se puede estar. Sudamos a mares, las gotas me caen de la nariz y me empapan la camiseta. Cuando está en marcha, la cosa cambia porque entra aire fresco por las dos aberturas del techo. Afuera el paisaje es precioso, casi marciano. Hay un campo de baobabs maravilloso, parecen gigantes con los brazos abiertos. Unos están secos, otros llenos de hojas.

Todos empezamos a estar muy cansados. Van casi 24 horas de viaje y todavía nos queda un buen trecho. De repente, la carretera desaparece. ¿Dónde se ha metido? La guagua se adentra entre los arbustos siguiendo una pista de tierra y empezamos a dar botes. Como tiene que ir muy despacio, el calor vuelve a hacer estragos. Sudamos como pollos y no nos podemos mover entre los bultos. Unos niños que están quemando ramas y hierbas nos saludan. Están preparando la tierra para la próxima cosecha. Se hace de noche, la segunda noche a bordo.

A partir de aquí, todo es más confuso. Hay al menos dos paradas más. En una de ellas, creo que fue en Diéma, me compro 90 céntimos de dibi (cordero de brasa). Está bueno. Lo devoro con mi amigo Mohamed, que me ofrece agua fresca. Pego la hebra con una chica marfileña que va a Bamako y luego a Ghana. Pertenece a una asociación protestante llamada Juventud en Misión. Y me aclara: "Esto no pasa en todos los países africanos. En Ghana hay buses hasta con aire acondicionado y se respeta más al pasajero. Aquí si no te espabilas acabas viajando con tu equipaje sobre la cabeza". Me hace gracia la imagen. Son las dos de la madrugada.

Cuatro horas más tarde llegamos al puesto de control de entrada a Bamako. Ya ha amanecido, pero somos los primeros en cruzar. Bajamos a estirar las piernas mientras nos revisan, por enésima vez, los pasaportes. Un soldado me atisba a lo lejos y viene para mí directo. Pienso "ya la cagamos, a ver qué quiere". Me saluda con amabilidad, lo cual es aún más inquietante, me pregunta por mi nacionalidad y me dice, con una sonrisa, "tengo algo para ti". Y saca de su bolsillo una chapa con el retrato del capitán Amadou Sanogo, el jefe de la junta militar que dio un golpe de estado el pasado 22 de marzo. Me hago el bobo. "¿Y este quién es?", le pregunto. "Es nuestro héroe", me responde. Y me lo pone en la mano. "Es para ti, un souvenir". Le saco 500 francos (menos de un euro), pero me dice "no, 500 es por el pequeño" mientras saca una chapita más chica, "este son mil". Lo pago, me da las gracias y se va. Respiro aliviado cuando le veo alejarse.

sanogo.jpgEstamos en Kati, a una docena de kilómetros de la capital, donde se encuentra el cuartel de donde partió el golpe de estado y centro neurálgico de operaciones de los golpistas. En la siguiente parada, los militares vuelven a pedir pasaportes y ahora también certificados de vacunación. Mohamed, mi compañero de asiento, no tiene. Baja y lo arregla con unos cuantos mil francos CFA. Está enfadado. "Bienvenido a Malí", le digo. No le hace gracia la broma.

Pero ya está. Treinta y cuatro horas después de salir de Dakar, sobre las siete y media de la mañana del segundo día, llegamos al fin a Bamako. El paisaje antes de entrar a la ciudad reconforta. Tierra roja y un manto verde que empieza a surgir después de las primeras lluvias de la temporada. Cansados, sucios, con dolor de cabeza (varios me piden Ibuprofeno y me quedo casi sin tableta), con el culo cuadrado, pero satisfechos de llegar a destino. En cuanto me instalo en casa de un amigo y me pego una ducha me dispongo a trabajar un poco. Pero no hay internet porque ha habido un corte de luz, el enésimo según me cuentan. "Bienvenido a Malí tú también", pienso con amarga ironía.

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395680_332126443487820_1077072826_n.jpg />José Naranjo
Cuando los jóvenes africanos van a emigrar hacia Europa, se hacen con un amuleto para ser invisibles y poder así cruzar las fronteras y el mar sin ser vistos. Este blog intenta romper ese conjuro, hacer visibles a quienes mueren en el intento de llegar a nuestras costas tras un naufragio o se quedan para siempre en medio del desierto; a quienes consiguen llegar y hacen los trabajos que no quiere nadie, pero a quienes, a la vez, les negamos todos los derechos; aquellos que se esfuerzan por integrarse y casi nunca salen en los medios de comunicación.
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