Guinguinbali
Marzo 20, 2012

Un fantasma que no sabe de fronteras


Hay lugares en el mundo donde basta un año de poca lluvia para que millones de personas se tengan que enfrentar cara a cara con la muerte. Viven tan en el alambre que basta una mala cosecha, un tropiezo meteorológico, una plaga de langosta, para que la vida derrape y los niños del pueblo, ya malnutridos y escasos de defensas, empiecen a morir por una diarrea, una infección, una malaria. El hambre tiene mil caras y ninguna de ellas es amable.

Hay una frase del gran poeta y expresidente de Senegal Leopold Sedar Senghor que dice: "En África no hay fronteras ni siquiera entre la vida y la muerte". Estos días en los que un fantasma llamado hambre recorre de nuevo el continente de este a oeste me viene de forma machacona a la cabeza, porque es justo en ese lugar impreciso de bordes indefinidos entre la vida y la muerte donde se mueven, hoy mismo, millones de personas cargadas de niños que tienen ante sí el reto de llegar hasta la próxima cosecha, allá lejos, al final del próximo verano.

Lo han dicho por activa y por pasiva las agencias humanitarias. Desde finales del pasado año comenzaron a advertirlo. Los pastores del Sahel comenzaron su trashumancia mucho antes de lo previsto por la falta de pastos para el ganado, los índices de malnutrición infantil se dispararon, los precios de los alimentos básicos (ah, el inefable mercado) empezaron a subir y unos veinte millones de personas ya hacen menos comidas al día o incluyen menos carne o pescado en su dieta porque no tienen dinero para pagarlo. Y mucho antes que las ONG, ya el verano pasado tras concluir la época de lluvias casi sin lluvia, los viejos campesinos desde el Chad hasta Senegal lo pronosticaron: este año va a ser difícil, muy difícil.

La mayor parte del tiempo me apetece hablarles de otra África, de un continente que pese a todo sale adelante. Pero cómo mirar para otro lado, cómo meter la cabeza en el agujero cuando el hambre ha venido a tocar bajo el alfeizar de mi ventana, cuando, aquí en Senegal, el país donde vivo, en regiones como Kolda, Matam o Tambacounda, hay cientos de miles de personas tocadas por ese fantasma que ha venido a visitarles. En los próximos días, una vez pasen las elecciones, este país declarará de forma oficial la emergencia humanitaria como ya lo han hecho Mauritania, Malí, Níger, Camerún, Burkina Faso o Chad. Pero el hambre ya ha empezado a atacar porque no sabe ni de fronteras ni espera por declaraciones oficiales.

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fotografía del autor del blogJosé Naranjo
Cuando los jóvenes africanos van a emigrar hacia Europa, se hacen con un amuleto para ser invisibles y poder así cruzar las fronteras y el mar sin ser vistos. Este blog intenta romper ese conjuro, hacer visibles a quienes mueren en el intento de llegar a nuestras costas tras un naufragio o se quedan para siempre en medio del desierto; a quienes consiguen llegar y hacen los trabajos que no quiere nadie, pero a quienes, a la vez, les negamos todos los derechos; aquellos que se esfuerzan por integrarse y casi nunca salen en los medios de comunicación.
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