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Archivos Noviembre 2011

Noviembre 21, 2011

Elise Fitte-Duval, un mundo poblado de gente

EN BAJA.jpgArtículo publicado en el blog África Vive de Casa África

A Elise Fitte-Duval (Martinica, 1967), premio Casa África 2011 de la Bienal de Fotografía de Bamako, le interesa, sobre todo, el ser humano. Sus imágenes están llenas de gente. Retratos, paisajes urbanos, vendedores de todo, personas que pasan delante de su objetivo, que viajan en bici o en autobús, bailarines que juegan a posturas imposibles. Gente por todos lados. Pero hay algo más, una línea de creación que define el trabajo de Fitte-Duval y que bascula entre dos ejes, la necesidad de contar una historia, de trasladar un mensaje, de que sus fotos sirvan para algo, pero también la huella sutil de su propia condición fronteriza, de su deambular entre varios mundos, entre Europa, África y el Caribe, pero también entre el fotoperiodismo y el arte, entre el contenido y el continente, que confluyen en una mirada cálida y diferente sobre lo cotidiano.

Nacida en la isla francesa de Martinica, Elise Fitte-Duval creció en el seno de una familia de origen humilde. Ya desde pequeña se interesó por la creación y, tras terminar el Bachillerato, ingresó en la Escuela Regional de Artes Plásticas de Fort-de-France en su isla natal. Sin embargo, su primer salto mortal con tirabuzón fue París. "Tenía muchas ganas de viajar y eso casaba muy bien con la fotografía", asegura. Y la capital francesa la sacudió. "Allí había gente de todos lados, es una ciudad muy cosmopolita. No me resultó difícil adaptarme".

Tenía entonces 23 años y era una esponja. Además de la fotografía, su pasión, también pintaba y dibujaba. Y fue allí donde comenzó su inmersión en la danza. "Yo no he sido nunca bailarina, bueno, en París ingresé en un grupo de capoeira, pero no de manera profesional. De la danza me interesaba el cuerpo humano y el movimiento", explica. Y Elise recorrió decenas de teatros y garajes, talleres y almacenes donde las compañías, grandes y pequeñas, llevaban a cabo sus ensayos. Porque era eso lo que la atraía, no los focos de la noche del estreno, sino el trabajo cotidiano, el sudor pegado a la camiseta, el esfuerzo y la superación.

Fue su matrimonio con un periodista camerunés que iba a participar en la creación del periódico Dakar Soir en Senegal lo que la trajo hasta África. Nuevo salto. Y el fotoperiodismo se convirtió en su trabajo. La agencia Panapress acababa de inaugurar un departamento de fotografía en Dakar y Elise desembarcó en él en el año 2001 como fotógrafa y editora. Aunque, según dice ella misma, "en realidad no me siento del todo fotoperiodista".

Dakar no es una urbe fácil. Como la propia Fitte-Duval asegura, es "una ciudad que me parecía extraña y difícil de captar" en imágenes. Pese a todo, se echó a la calle con su cámara y trató de rebuscar en el alma de su gente, de los comerciantes que ofrecen cualquier cosa a cada paso, de las mujeres que se encaminan al mercado, intentó hurgar en el alma de una ciudad. Por ejemplo, en Ouakam, un barrio periférico absorbido por el crecimiento urbano, sus habitantes originales tratan de mantener a toda costa su identidad lébou. Y Elise se fue hasta allí para seguir con sus "retratos urbanos", fotos, como se ha dicho, pobladas de gentes, pero siempre en un contexto, siempre contándonos una historia.

"Yo funciono a golpe de corazón, no sigo un esquema ni una línea prefijada", dice Elise. Así que debió ser el corazón lo que la llevó hasta Rufisque, Pikine y Guédiawaye, donde comenzó a investigar el problema de las inundaciones, trabajo que ha sido premiado por Casa África en la Bienal de Fotografía de Bamako 2011. "Es un tema que tiene que ver con la gente y con la huella del hombre sobre el Medio Ambiente. El futuro del Planeta es algo que me interpela. Fue en 2006 cuando descubrí en primera persona este problema de las inundaciones".

Y es que la ciudad que Elise retrata no es un lugar necesariamente amable. En los enclaves de la "banlieu", aglomeraciones urbanas que han crecido de manera desorganizada muy cerca del mar, bastan cinco minutos de lluvia intensa para que se inunden calles y casas, pues el nivel freático está muy alto. Y el agua permanece estancada hasta seis meses, lo que atrae a la enfermedad y a los mosquitos. Todos los días, cientos de personas deben levantarse temprano para intentar secar sus casas, un esfuerzo cotidiano y agotador que no consigue eliminar un problema que se agravará aún más con la subida del nivel del mar y su avance tierra adentro.

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La política, la emigración, los movimientos sociales también le atraen como objeto de su trabajo en tanto que actividad humana. Campañas electorales, manifestaciones, actos populares. Todo aquello que tenga que ver con el hombre y su lucha cotidiana por sobrevivir, por cambiar las cosas, por transformar, seduce a Elise Fitte-Duval y su particular enfoque. Una fotoperiodista que no se siente tal, una afroamericana de nacionalidad europea residente en Dakar, una artista inquieta que ha expuesto en Francia, en Sudáfrica, en Malí, en Senegal, Argelia o Marruecos, una mujer de pocas palabras, más segura tras el objetivo de su cámara, amante de la independencia, curiosa, decidida.

"Me interesan muchas cosas, es cierto. Pero creo que es de justicia retratar la vida cotidiana de los africanos. Fuera del continente existe una noción equivocada de que sólo tenemos violencia, pobreza o guerras. Y no es cierto". El mensaje, siempre el mensaje en un mundo poblado, cómo no, de gente.

Para ver el trabajo de Elise Fitte-Duval:

http://www.wix.com/elisefitteduval/photo

http://www.afrimagesonline.com/

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Noviembre 11, 2011

La mirada

Ella acaba de llegar a África, apenas hace cinco días. Es su primera vez. Yo sólo llevo tres semanas. Caminamos de noche por una calle a medio iluminar del centro de Dakar y, de repente, me dice: "Esto es lo que no soporto de esta ciudad". No entiendo a qué se refiere y la miro con cara de duda. Entonces se para, se gira y me señala a cinco niños pequeños que duermen en la acera sobre cartones. El más grande tendrá siete años. Casi nos habíamos tropezado con ellos y yo ni me di cuenta de su presencia. Desde entonces no hago sino preguntarme en qué momento dejé de ver.

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Noviembre 4, 2011

Viaje a Podor


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Acabo de llegar de un corto pero intenso viaje que me ha llevado desde Dakar hasta Podor, en el norte de Senegal. Dos días de carretera, uno para ir y otro para volver, y dos de estancia me han servido para "desintoxicarme" de la inmisericorde crudeza de la capital senegalesa, de sus ruidos, sus humos, su extenuante tráfico y sus agobios, y para sumergirme en un mundo más rural, más tranquilo, más humano.

 

Para llegar hasta allí utilicé un medio de transporte muy común en Senegal: la guagua. Abarrotada de gente, "asaltada" cada pocos kilómetros por decenas de vendedores que te ofrecen de todo, desde agua helada hasta galletas, pasando por fruta, teléfonos móviles, cremas para la piel o menta, dando saltos por carreteras donde lo difícil es encontrar el asfalto, con la baca llena de muebles, sacos y hasta una motocicleta, esquivando a las manadas de vacas que se cruzaban en su camino, la guagua es un excelente medio para conocer mejor este continente y a su gente.

 

En Podor, puerta de entrada a la orgullosa región de mayoría peul de Fouta Toro, nos esperaba Ibrahima Diallo, un viejo amigo de mi último viaje a Kolda que hoy es profesor de español en el instituto de secundaria de la ciudad. Ibou vive con otros once colegas, todos profesores, en una vivienda tranquila y acogedora que se convirtió por dos días en nuestra casa, un hogar donde compartimos charlas, comidas y risas y donde nos refugiamos del intenso calor del mediodía.


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Por las calles llenas de arena de esta pequeña ciudad me tropecé con otro Senegal, con un Senegal humilde y muy religioso, con gente que vive de la tierra y de los animales, con maestros que luchan con sueldos escasos para salir adelante, con el viejo Oumar Ly, uno de los pioneros de la fotografía en este país, ante cuya cámara han pasado decenas de miles de personas y medio siglo de historia. Y, sobre todo, en Podor y los pueblos de alrededor, me encontré con gente que está dispuesta a darlo todo por defender su tierra, la tierra de sus padres y la de sus hijos, frente a quienes pretenden negociar con ella, venderla, traspasarla. En próximos posts y reportajes les contaré esa historia.

 

Una de las calles principales de Podor se llama El Hadji Oumar Tall, en recuerdo del histórico guerrero y líder religioso que fundó el Imperio Toukouleur, nacido no muy lejos de esta ciudad. El Hadji Oumar peregrinó a La Meca con 23 años y se convirtió en un respetado y combativo califa que hizo frente a los franceses, primero, y luego a los "infieles" bambaras y los peuls de Macina en la segunda mitad del siglo XIX. Murió en una explosión en 1864 en las cuevas de Bandiagara, en la actual Malí. Su carácter orgulloso y profundamente religioso anima aún el espíritu de las gentes de Podor y la región de Fouta Toro.


Y como no podía ser de otra manera, mi vuelta a Dakar coincidió con los prolegómenos de la Tabaski, la Fiesta del Cordero musulmana. Y lo que en la ida eran muebles y cachivaches se convirtió, en el regreso, en no menos de cuarenta corderos que viajaban atados dentro de sacos en la baca de la guagua, expuestos al tremendo calor y al largo viaje de 17 horas. Cuando ví la maniobra pensé que alguno de ellos no llegaría vivo. Me equivoqué. Salvo uno de los animales que se partió una pata, los corderos entraron en Dakar exhaustos, pero sanos y salvos.





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Como ya expliqué en un post anterior, este lunes 7 de noviembre se celebra la Tabaski. Y así como muchos senegaleses salen de Dakar para encontrarse con sus familiares, otros, que trabajan fuera, regresan a Dakar trayendo consigo un cordero que les cuesta más barato que en la capital. En ese post anterior, yo escribía que eran malos tiempos para estos animales, pues a todos les espera el cuchillo y el sacrificio. Sin embargo, Abdou Kane, con quien voy a pasar esta Tabaski junto a su familia, me aclaró algo durante el viaje de vuelta: los corderos que van a morir están muy contentos porque saben que les espera el Paraíso y los que, en realidad, están tristes son aquellos que no van a ser sacrificados en nombre de Alá Todopoderoso. Es otra manera de verlo.




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fotografía del autor del blogJosé Naranjo
Cuando los jóvenes africanos van a emigrar hacia Europa, se hacen con un amuleto para ser invisibles y poder así cruzar las fronteras y el mar sin ser vistos. Este blog intenta romper ese conjuro, hacer visibles a quienes mueren en el intento de llegar a nuestras costas tras un naufragio o se quedan para siempre en medio del desierto; a quienes consiguen llegar y hacen los trabajos que no quiere nadie, pero a quienes, a la vez, les negamos todos los derechos; aquellos que se esfuerzan por integrarse y casi nunca salen en los medios de comunicación.
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