Guinguinbali

Archivos Julio 2011

Julio 25, 2011

Atrapados en el plástico


Si un turista se equivoca de palo en el hoyo 7 o le da un poco fuerte a la pelota es muy posible que ésta acabe cayendo en la casa de Ousmane Faye. Y es que la distancia que separa a ambos universos es muy corta, de apenas unas decenas de metros. A un lado, el golf, el daiquiri, las urbanizaciones de lujo, el chiringuito de la playa, la opulencia; al otro, los invernaderos, el olor a mierda del pozo negro que se rebosa, la suciedad, las moscas y decenas de miles de personas que viven y trabajan como si fueran esclavos. Esclavos del siglo XXI.


Estoy en el Poniente almeriense. La huerta de Europa, el mar de plástico. Un enorme delta de 40 kilómetros de largo y unos 10 de ancho de donde cada día salen hacia Alemania, Francia o Inglaterra pepinos, tomates, melones, calabacines o judías. A gusto del consumidor. Si quiere un pimiento amarillo y alargado, nosotros se lo producimos. No hay problema.


Pero para que esto sea posible, en la base de la pirámide, sustentando todo este tinglado que enriquece a muchos, diseminados entre los invernaderos, los africanos que hace cuatro o cinco años salían en los telediarios llegando en cayucos a Tenerife, Gran Canaria o La Gomera se encargan hoy de sembrar, cortar, recoger, limpiar o reparar. Llevan cinco años entre nosotros, pero la inmensa mayoría sigue sin papeles y empobrecidos. Así es mejor. Se quejan menos. No se quejan, en realidad.


Sus casas son los antiguos cortijos, reparados malamente para que allí puedan vivir diez, quince, veinte personas, donde antes vivía una familia. Colchones en el suelo, miseria, prostitutas nigerianas que se alquilan por diez euros, rotondas donde se sientan a esperar que pase una furgoneta y se los lleven para trabajar unas horas, con suerte un día, y luego vuelta a esperar sentados. Sin papeles, sin seguro, sin paro, sin vacaciones, sin los 400 euros de Zapatero. Si dos consiguen que se los lleven, esos mantienen a los otros ocho.


Todo el mundo lo sabe, pero nadie dice nada, prefieren mirar para otro lado. Y es que sin mano de obra esclava, el tinglado se viene abajo. Y siempre habrá un desgraciado dispuesto a partirse el lomo a 40 grados dentro de un invernadero por 3 euros la hora. Antes éramos nosotros, ahora son ellos, los africanos que llegaron hace cinco años a Canarias con el sueño de progresar y que se han quedado atrapados en el plástico.


El sistema funciona que es una maravilla. A mi vuelta del Poniente almeriense, donde siguen Ousmane, Mady, Alioune y Arfang sentados esperando en las rotondas que les caigan unas migajas de trabajo, me encuentro con este súbito interés por Somalia, donde desde hace muchos años, no ahora, los niños se mueren de hambre. Y pienso que todo no es sino la misma cosa, dos eslabones de una misma cadena. Pescamos en sus aguas, compramos su tierra, especulamos con su comida, les vendemos armas y, cada cierto tiempo, armamos un poco de bulla, a poder ser en verano que es cuando escasean los otros temas importantes de los que a nosotros, gente importante, nos gusta más hablar y luego, pasados unos días o semanas, a otra cosa, mariposa.


Y es que los niños hambrientos de Somalia y los esclavos de los invernaderos, unos lejos, otros demasiado cerca, no cayeron del espacio exterior. Pensar que su sufrimiento es ajeno es un error. Ese mal es tan nuestro como nuestro desarrollo. Dos caras de la misma moneda.

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Julio 6, 2011

Dignidad en Lavapiés





En la vida, a veces hay acontecimientos y conceptos que, a fuerza de repetirse, nos parecen normales y consustanciales al sistema de convivencia del que nos hemos dotado. Sin embargo, son radicalmente injustos y atentan contra los derechos de las personas, aunque sucedan todos los días y formen parte del paisaje.

Esto ocurre, por ejemplo, con las redadas policiales que piden papeles a gente por la calle según sea su color de piel o su aspecto, controles que sufren a diario negros y sudamericanos.

Desde hace tiempo, colectivos y ciudadanos de a pie luchan contra este disparate cotidiano. Sin embargo, en pocas ocasiones hemos tenido ocasión de ver de una manera tan nítida cómo un grupo de personas anónimas, armados solo con sus manos y su voz, se enfrenta a la Policía y detiene una redada racista.

Esto ocurrió el pasado 5 de julio en el madrileño barrio de Lavapiés y nos lo cuenta Olmos Calvo en el periódico Diagonal con sus fotos y su texto. Desde este martes, un precioso jardín de dignidad ha florecido en Lavapiés. Y que vayan a pedir papeles al Congreso de los Diputados.

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fotografía del autor del blogJosé Naranjo
Cuando los jóvenes africanos van a emigrar hacia Europa, se hacen con un amuleto para ser invisibles y poder así cruzar las fronteras y el mar sin ser vistos. Este blog intenta romper ese conjuro, hacer visibles a quienes mueren en el intento de llegar a nuestras costas tras un naufragio o se quedan para siempre en medio del desierto; a quienes consiguen llegar y hacen los trabajos que no quiere nadie, pero a quienes, a la vez, les negamos todos los derechos; aquellos que se esfuerzan por integrarse y casi nunca salen en los medios de comunicación.
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